La VTV del amor: por qué Rolón insiste en pasarle revista a la pareja cada tanto
El psicoanalista y escritor repasó con Luis Novaresio la trampa de la costumbre, el peso del miedo a la soledad y esa sensación de que, aun en brazos de alguien, siempre falta algo. Una invitación a detenerse y mirar el vínculo como se mira un auto en el taller.
Me acuerdo de la primera vez que me tocó hacer la VTV al auto viejo que heredé de mi viejo. Llegué con la certeza de que todo andaba bien, porque andaba: arrancaba, doblaba, frenaba. Pero el mecánico, con una linterna en la mano, se agachó, miró los cubiertas, las correas, los bujes, y me fue diciendo, con una paciencia que todavía agradezco, todo lo que yo no había querido ver. Esa escena me volvió a la cabeza mientras escuchaba a Gabriel Rolón conversar con Luis Novaresio y proponer, casi con la misma imagen, algo tan simple como incómodo: pasarle revista a la pareja cada cierto tiempo, antes de que lo que se rompió sin hacer ruido termine dejando la relación varada en cualquier banquina.
La idea, claro, no se queda en la metáfora del taller. Rolón arrancó por un lugar que a varios, me incluyo, les cuesta mirar de frente: la costumbre. Esa zona cómoda en la que uno sigue adelante con alguien porque ya está ahí, porque armar y desarmar cansa, porque el vínculo se sostiene más por inercia que por deseo. Y después, sin escalas, pasó a la resignación, esa prima hermana de la costumbre que aparece cuando uno ya ni pelea por lo que le disgusta, y por último al miedo a estar solo, que es, si me apuran, el combustible más caro que existe: el que se paga con sufrimiento.
Lo que sostiene una relación que duele
- La costumbre: seguir porque armar y desarmar cansa, porque el vínculo se sostiene más por inercia que por ganas.
- La resignación: convivir con aspectos del otro que desagradan sin atreverse a cuestionarlos.
- El miedo a estar solo: priorizar la compañía antes que el bienestar propio dentro del vínculo.
- La calma que da un abrazo: alivia la sensación, pero no resuelve la causa del malestar.
Sobre esto último Rolón fue bien claro, y vale la pena prestarle atención porque toca una de las zonas más íntimas del asunto. Dijo, con esa pausa que tiene cuando está pensando lo que dice, que la compañía de alguien querido ofrece calma, sí, pero no borra la experiencia de soledad. Y agregó algo que me quedó dando vueltas: incluso un abrazo, ese gesto al que uno suele agarrarse cuando todo lo demás falla, puede aliviar lo que una persona siente sin terminar de resolverlo. Es un recordatorio de que estar acompañado no siempre significa estar acompañado de verdad, y de que la proximidad física, por más querida que sea, no sustituye la pregunta de fondo.
Después, como si la primera parte hubiera sido el diagnóstico, el psicoanalista pasó a la pregunta que viene después de pasarle revista: qué lugar tiene el deseo en una pareja, y por qué aun cuando conseguimos eso que tanto queríamos, algo adentro nuestro insiste en señalar que falta. Lo dijo con una frase que pega de lleno: el deseo te incomoda porque te señala la falta. Se desea lo que no se tiene.
“El deseo te incomoda porque te señala la falta. Se desea lo que no se tiene.”Gabriel Rolón
Para ilustrarlo tiró ejemplos de todos los tamaños y colores: una necesidad tan concreta como comer algo que se nos antoja, hasta búsquedas más grandes como encontrar una pareja, conseguir un trabajo, alcanzar un éxito, leer un libro o tener un hijo. La lista es larga y, justamente por eso, incómoda: si el deseo se apagara al conseguir lo que queremos, no habría novela, ni canción, ni proyecto que valga la pena. Pero como no se apaga, lo que nos queda es aprender a convivir con eso. Y acá Rolón hizo un movimiento que me pareció de los más humanos de la charla: vinculó esa falta persistente con la conciencia de que la vida y los afectos no son permanentes. No como consuelo barato, sino como descripción honesta de cómo estamos hechos.
Me fui de la entrevista con la misma sensación con la que me fui del taller aquella vez: con la lista de cosas que no había querido ver. Y, sobre todo, con una pregunta que el psicoanalista dejó flotando y que cada uno se lleva a su propia casa: cuánto de lo que sostenemos con otra persona responde a lo que de verdad queremos, y cuánto a la costumbre, a la resignación o al miedo. No es una pregunta para responderla en cinco minutos. Pero sí es de esas que conviene empezar a hacerse antes de que la VTV nos la haga el mecánico, o la vida.
