Villa Ortúzar, el barrio porteño donde los alquileres baratos y las veredas anchas tentaron a los cocineros
Un asador, una pastelería instalada en un galpón, una confitería y un restaurante con manteles y velas se radicaron en una zona de casas bajas, poco tránsito y estacionamientos sin drama. La diferencia de precio frente a Chacarita o Núñez les permitió ganar metros de cocina y mesas al aire libre, y la falta de transeúntes se volvió parte del plan.
El parte de hoy nos lleva a caminar Villa Ortúzar, un barrio porteño al que no se llega por casualidad. El clima ayuda, con una mañana templada que invita a sentarse en las veredas anchas, y lo que se percibe al recorrerlo es exactamente eso: una calma de casas bajas, poco ruido y cero apuro. La postal cambia cuando uno empieza a cruzar la puerta de los locales gastronómicos que se instalaron en los últimos años, porque adentro se cocina como en las zonas más caras de la ciudad, pero con alquileres que todavía dejan respirar al emprendedor.
La ecuación que hicieron quienes apostaron al barrio es bastante concreta, y vale la pena contarla despacio. Los alquileres comerciales en Villa Ortúzar se ubican entre un 15 y un 20 por ciento por debajo de los valores que se pagan en Chacarita o Núñez, dos zonas con circuito gastronómico mucho más consolidado. Esa diferencia no queda en el bolsillo del dueño del local: se traduce en metros extra para la cocina, en depósito, en mesas al aire libre los días de sol. A eso se suma un dato que en otros barrios parece ciencia ficción: estacionar el auto no es una odisea, y los clientes llegan sin dar tres vueltas a la manzana.
Un barrio con pasado industrial y futuro de mesas largas
El paisaje combina lo que quedó de las grandes usinas y fábricas de principios del siglo XX con una trama residencial tranquila, mucho verde y poco movimiento nocturno. Esa quietud, que para un ojo apurado parece un problema, para los cocineros que abrieron allí se convirtió en parte del modelo de negocio. Quien cruza la puerta de uno de estos locales, lo hizo a propósito, no se topó con el cartel mientras iba a otro lado. Y eso, sostienen los que apostaron, termina siendo un cliente con el hambre pensada y la predisposición a pedir de más.
El barrio no se inventó la gastronomía este año. Antes de que nadie lo promocionara como destino, ya funcionaban ahí una pizzería con cola en la vereda por su fugazzeta rellena, una parrilla que atiende las 24 horas, una cervecería abierta desde 1943 con picadas y milanesas, y un bar notable inaugurado en 1930, de esos que uno entra y siente que la humedad del tiempo les sumó mística. Esos clásicos armaron una clientela de barrio fiel, y sobre esa base empezaron a sumarse las propuestas nuevas, en una suerte de efecto acumulativo donde cada apertura le da una razón más al porteño para ir hasta allá.
Los locales que se animaron
- Un asador de corte clásico que aprovecha los metros extra para meter más comensales sin amontonarlos.
- Una pastelería instalada en un galpón que supo ser depósito de materiales, abierta en 2023, con mesas bien separadas que se usan para trabajar o tener reuniones; ahí el ticket promedio es más alto que el del local del mismo proyecto en otro barrio.
- Una confitería con propuestas de desayuno largo, el caballito de batalla de la nueva movida.
- Un restaurante con manteles y velas, impensado hace unos años en una zona sin tránsito peatonal espontáneo.
Geográficamente, Villa Ortúzar está pegada a Chacarita, Colegiales y Villa Urquiza, y todo indica que el crecimiento no se va a frenar. La Comuna 12, que incluye a Villa Urquiza, Saavedra, Coghlan y Villa Pueyrredón, fue la que más creció en población entre 2010 y 2022, según el Censo 2022. Hablé con Mateo, pistero gastronómico del barrio como le gusta autodefinirse, mientras tomaba un café en la vereda de la pastelería del galpón, y me lo resumió con una frase que me quedó dando vueltas: "Acá no se come de paso, se viene a comer. Y cuando la gente viene a comer, gasta, vuelve y trae a un amigo. Es otro ritmo". La idea es que el público llegue por el producto y no porque pasaba por la vereda, y por lo que se ve al recorrerlo, ese plan está funcionando.
Como consejo práctico para el que se anime a ir, vale una recomendación simple: dejar el auto en la puerta es posible, así que se puede ir sin pensar en el subte, y la mejor franja para moverse es la del mediodía o la de la merienda tardía, cuando los locales nuevos están a pleno y la luz de la tarde se cuela por las ventanas. Si vas en auto, buscá las calles paralelas a las avenidas, donde siempre hay lugar. Y si vas con chicos, las veredas anchas son una tranquilidad. En resumen: Villa Ortúzar no te va a tentar desde la vereda, pero una vez que estás sentado, no te querés ir.
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