Manzana en la masa y arriba: una tarta de 30 minutos que se banca el invierno
La receta lleva la fruta dentro de la preparación y también en láminas por encima, se cocina en media hora y admite un glaseado de damasco. Una vuelta por una preparación casera, con sus trucos y sus límites, contada desde la cocina.
La mañana arranca fría y con el cielo todavía gris sobre la ciudad, así que antes de poner la pava me pongo a leer esta receta de tarta de manzana que tengo guardada hace tiempo. Me copó desde el primer momento porque, a diferencia de otras versiones, la fruta se mete adentro de la masa y no va solo como cobertura, algo que siempre me generó curiosidad. Además, la cocción es corta: apenas 30 minutos a 180 grados, lo justo para no pasarnos toda la tarde esperando.
Para hacerla hacen falta cosas que cualquier cocina tiene: un molde redondo de unos 24 centímetros, una batidora de mano y el horno, que conviene prenderlo de entrada para que llegue a temperatura mientras armamos la mezcla. Eso me lo recalca siempre Daniela, la pistera de la cocina de al lado, que vive recordándome que un horno mal precalentado es el principal verdugo de las tartas.
Cómo se arma la masa
La masa se prepara en un bol con leche, azúcar, huevo, harina, levadura y manteca blanda, sin derretir. A esa mezcla se suma media manzana y se procesa todo con la batidora hasta integrar. El resto de las manzanas, ya peladas, se cortan en láminas y se incorporan a la preparación con una cuchara, antes de volcar todo en el molde, que conviene untar con manteca o margarina para que no se pegue.
- Enmantecar el molde y precalentar el horno a 180 grados.
- Licuar en un bol la leche, el azúcar, el huevo, la harina, la levadura, la manteca blanda y media manzana.
- Sumar el resto de las manzanas cortadas en láminas y mezclar a mano.
- Volcar en el molde y llevar al horno por 30 minutos.
- Para el glaseado, calentar cinco cucharadas de mermelada de damasco con agua y azúcar en una cacerola chica.
- Pincelar la tarta apenas sale del horno para que absorba el brillo.
Lo que la receta no dice
Acá viene el primer llamado de atención: el material original enumera los ingredientes de la masa, pero no precisa las cantidades completas. Menciona leche, azúcar, huevo, manteca, harina, levadura y manzanas, sin detallar cuánto va de cada uno. Para el glaseado sí aclara cinco cucharadas de mermelada de damasco, aunque deja abiertas las proporciones de agua y azúcar, que también forman parte de ese paso.
Por eso, antes de largarse, conviene tener una balanza a mano o guiarse por una receta base de bizcochuelo y ajustar la cantidad de manzanas al gusto. Yo, siguiendo el consejo de Daniela, siempre peso los ingredientes secos y líquidos por separado, así no me llevo sorpresas con la textura final.
El final, a elección de cada uno
Una vez que la tarta sale del horno, el paso siguiente es opcional pero marca la diferencia. El glaseado de damasco se vierte caliente sobre la superficie y se deja absorber unos minutos, lo que le da ese brillo dorado que se ve en las fotos de las revistas. Después, al momento de servir, se puede sumar un poco más de mermelada o directamente una cucharada de crema batida, que va de maravillas con la manzana tibia.
Como consejo práctico para el que viaja, o más bien para el que cocina en casa después de un día largo: dejar la tarta enfriar sobre una rejilla, no en el molde, ayuda a que la base no quede húmeda. Y si sobra, aguanta perfecta un par de días tapada con un paño de algodón, algo que me sacó de apuro más de una vez cuando llegaron visitas inesperadas.
