Lunes, 14 de septiembre de 2026
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Franklin, el tiempo y el secreto: tres guerras internas que todavía peleamos todos los días

Guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo. Son las tres batallas que el estadista estadounidense dejó escritas en una sola línea y que, bien mirado, siguen marcando el pulso de la vida cotidiana de cualquier argentino de cuarenta, cincuenta o sesenta años.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 14 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Les confieso algo antes de arrancar: cada vez que me siento a escribir sobre un tema de estos, los que parecen más filosóficos que noticiosos, me acuerdo de mi vieja repitiéndome que el tiempo es lo único que no se devuelve. Y sin embargo acá estoy, un martes a las diez de la noche, delante de la pantalla, intentando ordenar una idea que Benjamín Franklin supo condensar en una sola frase. A veces uno tiene la sensación de que los siglos pasan y las preguntas que nos hacemos son exactamente las mismas. Esta nota es un paseo por tres de esas preguntas, las tres que Franklin eligió como las más difíciles de la vida, y un intento por entender por qué siguen vigentes en pleno siglo XXI, con el celular en la mano y la cabeza en otro lado.

La frase que sigue dando vueltas después de doscientos años

“Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo”, escribió Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, científico, diplomático y tipógrafo. La sentencia es breve, de esas que caben en un párrafo de un libro escolar, pero cada uno de sus tres componentes abre un campo enorme de reflexión. No es un consejo de autoayuda barato ni una frase motivacional para un cuadro de Pinterest: es la descripción precisa de tres esfuerzos cotidianos que la mayoría de las personas enfrenta a diario, muchas veces sin darse cuenta. Y lo más interesante es que los tres apuntan a un mismo lugar: la capacidad de gobernarse a uno mismo.

Guardar un secreto: cuando la discreción se volvió un bien escaso

Guardar un secreto implica, en los papeles, algo sencillo: no contar lo que otro nos confió. Pero cualquiera que haya sido depositario de un dato íntimo sabe que el esfuerzo es mucho mayor de lo que parece. La, perdón, la psicología señala que revelar información reservada produce una sensación pasajera de protagonismo, como si por un instante uno ocupara un lugar central en la conversación. Es un pequeño premio interno que el cerebro reconoce y que, en la era de las redes sociales, se multiplica: publicar una primicia, mostrar un mensaje de WhatsApp, filtrar un dato se volvió moneda corriente. Por eso la discreción se transformó en un bien escaso. Sostenerla es, en el fondo, un acto de respeto hacia quien confió algo privado. Cada confidencia supone un compromiso ético que va mucho más allá de la comodidad del momento. Romperlo puede dar un instante de gloria; sostenerlo construye una confianza que dura décadas. En mi oficio de periodista lo veo seguido: el colega que sabe callar hoy es el que mañana recibe otra llamada.

Perdonar un agravio: soltar el peso, no justificar al otro

Perdonar un agravio no equivale a justificar el daño ni a borrarlo de la memoria. La distinción importa muchísimo, porque mucha gente confunde una cosa con la otra y termina creyendo que perdonar es traicionarse. No es así. El perdón funciona como una herramienta para liberar el peso emocional que consume energía mental, no como una absolución del otro. El resentimiento ocupa recursos cognitivos propios de quien lo sostiene: atención, horas de sueño, ganas de hacer cosas. Soltar ese peso permite recuperar el control sobre la propia atención y el propio bienestar, que de otro modo quedan atados a las acciones de terceros. Hace poco, mientras caminaba por el barrio, me crucé con Marta, una vecina de 58 años que conozco desde hace años, y me decía, casi como al pasar: “Mirá, yo tardé quince años en perdonar a mi cuñada por una cuestión de la herencia de mi suegra, y un día me di cuenta de que la que estaba pagando el pato era yo, no ella. Cuando lo solté, respiré”. Esa frase me parece más elocuente que cualquier tratado de psicología: el perdón es, sobre todo, un regalo que uno se hace a sí mismo.

Aprovechar el tiempo: la batalla silenciosa del siglo XXI

  • El tiempo, a diferencia del dinero o los objetos, no se recupera: es un activo no renovable en el sentido más literal del término.
  • Hoy, diversas industrias compiten de forma activa por capturar la atención de las personas durante el mayor tiempo posible, desde aplicaciones hasta plataformas de streaming.
  • Estar ocupado no es lo mismo que aprovechar el tiempo: la actividad constante y el uso inteligente de las horas son cosas distintas.
  • La diferencia la marca la alineación entre los propósitos de cada uno y las decisiones que se toman hora a hora, en la oficina y en la casa.
  • Franklin lo llamaba disciplina; la ciencia contemporánea lo llama autorregulación, pero el desafío es el mismo: decidir uno mismo en qué invierte sus horas.

Y acá quiero volver al principio, a mi vieja y a esa frase que Franklin escribió hace más de doscientos años. Las tres dificultades que el estadista señaló -guardar un secreto, perdonar un agravio, aprovechar el tiempo- comparten una raíz común que a mí, personalmente, me parece la más importante: el autocontrol. No se trata de negar los impulsos naturales que todos tenemos, porque negar es otra forma de perder. Se trata de ejercitar, día a día, la capacidad de tomar decisiones conscientes frente a esos impulsos. Esa práctica no es un rasgo de personalidad fijo con el que se nace o no se nace: es un músculo que se entrena, que se cansa, que a veces falla y que, sobre todo, se puede volver a intentar mañana. En un contexto de sobreexposición digital, de notificaciones constantes y de vidas que parecen vivirse en público, la vigencia de la observación de Franklin resulta llamativa y, para mí, profundamente tranquilizadora. Si hasta uno de los hombres más poderosos del siglo XVIII sentía que estas eran las batallas más difíciles, está permitido que el resto de los mortales las sigamos peleando.

EP

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