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Veinte años de sentarse frente al monstruo: por qué «Mindhunter» todavía no tiene quién le gane en Netflix

La serie de David Fincher cumple un tiempo prudencial como referencia ineludible del thriller psicológico. Dos temporadas, diecinueve capítulos y la incomodidad como método.

Por Carla SanhuezaCultura y espectáculos · 10 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Confieso que ya me había olvidado de la última vez que una serie me dejó mirando el techo del living después del último capítulo. «Mindhunter», sin ir más lejos, me lo recordó hace poco, cuando un amigo me insistió en que la revea (yo, obediente, acepté). Y otra vez esa sensación: la de haberme sentado durante dos temporadas frente a un asesino que habla con la misma calma con la que uno pide el café en el kiosco del pueblo.

La premisa es tan simple que suena a tesis de psicología del secundario: dos agentes del FBI recorren Estados Unidos a fines de los años setenta para entrevistar a asesinos seriales convictos y tratar de entender cómo funciona la cabeza de alguien capaz de matar sin pestañear. Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany) van de penal en penal con una grabadora, una libreta y una cantidad de preguntas que a esta altura ya quisiera para mí cuando tengo que tratar con el plomero.

Menos derrame de sangre, más incomodidad

Acá viene lo bueno. La serie no va por el lado del gore ni de la persecución con autos explotando. La tensión la construyen las conversaciones. Literal. Tipos confesando atrocidades con la misma cara que pondría tu vecino contando el resultado del partido del domingo. Y Fincher filma esos diálogos como si fueran partidos de tenis: cámara quieta, silencios que pesan, un plano de un ojo y te das cuenta de que estás conteniendo la respiración sin saber por qué.

Los personajes que aparecen del otro lado de la mesa están basados en criminales reales. Ed Kemper, el Hijo de Sam, Charles Manson, entre otros. Aclaremos algo: no es un docu-reality ni nada que se le parezca. Es ficción con estructura de ficción, pero con la rigurosidad histórica como columna vertebral. Por eso cada entrevista funciona como un duelo psicológico donde los actores visitantes (muchos de ellos irreconocibles) se llevan todos los flashes.

El triángulo que sostiene la serie

  • Holden Ford (Jonathan Groff): el agente joven, idealista, que empieza el viaje fascinado por los monstruos y termina demasiado parecido a ellos. Groff compone una transformación progresiva que justifica cada capítulo.
  • Bill Tench (Holt McCallany): el veterano con familia, métodos viejos y un reloj biológico que le marca cuándo abandonar la investigación. Funciona como ancla realista de la dupla.
  • Wendy Carr (Anna Torv): la psicóloga que ingresa al equipo con métodos más académicos y termina siendo la pieza que equilibra la dinámica entre los otros dos. Su personaje crece de manera silenciosa pero implacable.

La relación entre los tres evoluciona con una consistencia que ya quisiera para mí cualquier grupo de WhatsApp de amigos. No hay golpes bajos narrativos ni traiciones gratuitas. Hay desgaste, hay lealtades que se ponen a prueba, hay colegas que empiezan a parecerse más a sus objetos de estudio de lo que admitirían en una cena.

Dos temporadas, diecinueve episodios y se terminó. No hubo tercera. La decisión fue de Netflix y el propio Fincher, que suelen coincidir en estas cosas (recordemos lo de «House of Cards» y tantas otras que quedaron a mitad de camino). Aun así, el material existente funciona como un ciclo cerrado. No queda dando vueltas ni con tramas colgando como collar enredado.

Para los que estén buscando una serie que le dedique a la psicología de sus personajes la misma atención que a la trama, «Mindhunter» sigue siendo difícil de igualar. Y si me preguntan a mí, se la recomiendo sin vueltas: pónganse cómodos, bajen la luz, y prepárense para incomodarse. Después me cuentan.

CS
Carla SanhuezaCultura y espectáculos

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