Un paseo por las entrañas del Malacara, el volcán mendocino que se camina por dentro
En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada administra un recorrido que atraviesa dos cárcavas y termina en un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. La geóloga Corina Risso fue la primera en estudiarlo y la que terminó abriendo la puerta al turismo.
Llegué a La Batra una mañana con el cielo todavía bajo y el viento arrastrando ese olor a tierra seca que tiene el sur mendocino cuando todavía no salió el sol. El Malacara aparece de golpe, sin aviso, como una mole acostada entre los arbustos. No parece un volcán y sin embargo lo es. Lo supe cuando Alberto, un Quezada de los que administra el campo junto a su familia, me dijo al bajar de la camioneta: "Vas a caminar por adentro". Y uno, que viene cansado del viaje y con el termo todavía caliente en la mano, no termina de creerle.
El recorrido arranca en un playón de tierra y enseguida entra en la primera de las tres cárcavas que tiene el cerro. El piso es irregular, mezcla de arena volcánica y piedra suelta, y las paredes se levantan onduladas, como si alguien las hubiera pintado a mano. Hay tramos de roca amarilla intensa, casi dorada, y otros donde el material se vuelve negro, brillante, más pesado a la vista. La luz entra por arriba, filtrada, y va cambiando el color de las paredes según la hora. El aire, del lado de adentro, corre frío aunque afuera haga calor.
Un volcán que se explica por sus colores
La geóloga Corina Risso, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, fue la primera en estudiar este aparato en detalle y la que terminó dándole forma a la visita. Su explicación es bastante clara y la entendí mientras caminábamos: el Malacara se formó cuando el magma se encontró con agua, probablemente de una laguna que estaba en el lugar hace miles de años. Ese choque fragmentó la lava y la alteración posterior de los minerales es la que pintó de amarillo buena parte de las paredes. Después, cuando el agua se retiró, la erupción siguió y tiró encima materiales oscuros, que son los que uno ve más arriba, en los bordes.
- Recorrido a pie por dos de las tres cárcavas que tiene el volcán en su parte alta.
- Paredes de roca amarilla y depósitos negros que muestran dos etapas distintas de la erupción.
- Mirador natural con vista a la laguna de Llancanelo, a varios kilómetros de distancia.
- Aire frío en el interior y luz filtrada por las aberturas superiores del terreno.
- Materiales frágiles que se desgranan al tacto y que conviene no tocar.
La familia que pasó de criar animales a recibir visitantes
El campo donde está el Malacara pertenece a los Quezada, que durante años lo usaron para la cría de animales. Todo cambió a partir del año 2000, cuando la geóloga Corina Risso llegó al lugar acompañada por Alberto "Beto" Quezada, de la familia dueña del predio. Dos años después, en 2002, Risso presentó sus investigaciones en Malargüe y la familia empezó a trabajar con guías de la zona para abrir el lugar al turismo. Al principio, cuentan, las salidas se hacían a caballo por senderos del campo. Hubo que esperar hasta 2006 para que una antigua huella petrolera permitiera entrar con una camioneta y, más tarde, acondicionar el camino con maquinaria.
“Yo de chico caminaba por acá con mi viejo y no le dábamos importancia. Cuando vino la geóloga y nos explicó lo que era, empezamos a entender que teníamos algo distinto.”Alberto "Beto" Quezada, administrador del campo
La visita completa lleva varias horas y termina en un mirador que está sobre uno de los bordes del volcán. Desde ahí, si el día acompaña, se ve a lo lejos la laguna de Llancanelo, espejo quieto en medio de la llanura. Uno se queda un rato largo mirando ese paisaje y entendiendo por qué a los Quezada les costó tanto decidirse a mostrarlo: es un lugar íntimo, frágil, que cambia con cada lluvia y con cada viento. Me fui pensando que el Malacara no es un cerro al que se sube, sino un lugar al que se entra, y que la mejor manera de conocerlo es caminarlo despacio, escuchando lo que todavía tienen para decir estas paredes amarillas y negras del sur de Mendoza.
