Río de Janeiro, mirador por mirador: qué conviene saber antes de armar la valija
La capital carioca concentra casi cuatro de cada diez reservas aéreas internacionales hacia Brasil en el arranque de 2026, según Embratur. Una recorrida por sus atracciones emblema, con obras, cupos reducidos y precios concretos para organizar la visita sin sorpresas.
Arrancamos la nota como me gusta arrancar cada crónica, con el parte de lo que hay que tener presente antes de pisar la ciudad: cielo variable, posibilidad de lluvia pasajera y, sobre todo, una advertencia operativa que cambia los planes de cualquiera que tenga al Cristo Redentor en la cima de la lista. Río de Janeiro viene recebendo un caudal de visitantes que ya nadie discute, y la prueba más fresca la dio Embratur al cerrar los números del primer trimestre de 2026: el estado carioca se quedó con el 38 por ciento de las reservas aéreas internacionales emitidas hacia Brasil, con un crecimiento interanual del 14 por ciento. Es, en otras palabras, el imán de siempre, con números renovados.
Dos miradores para leer la geografía desde arriba
Cuando uno se planta en Río y levanta la vista, termina entendiendo que la ciudad se cuenta mejor en altura. Son dos los miradores que permiten esa lectura, y vale la pena conocerlos antes de elegir por cuál empezar. El primero es el Cristo Redentor, que corona el cerro Corcovado, adentro del Parque Nacional da Tijuca, a 700 metros sobre el nivel del mar. Desde ahí, y si el día regala, la panorámica abraza en un mismo cuadro la laguna Rodrigo de Freitas, las playas, los morros y la bahía de Guanabara. Es la postal clásica, pero también es un aula abierta de geografía.
Hay, eso sí, un cambio operativo que conviene anotar antes de sacar el pasaje. Las escaleras mecánicas del monumento están en obras hasta mayo de 2027, así que el tramo final hay que hacerlo a pie: son 80 escalones que, sin ser una exigencia extrema, piden un mínimo de ritmo. El cupo diario se redujo a la mitad y la reserva anticipada dejó de ser un consejo para convertirse en una necesidad, me lo repitió hasta el cansancio Darío, un pistero carioca con el que crucé palabra en la previa. El acceso en tren cuesta 26 dólares, una cifra que ayuda a ordenar el presupuesto desde acá.
El otro gran mirador es el Pan de Azúcar, al que se sube en los históricos bondinhos, esos teleféricos que hacen escala previa en el Morro da Urca antes de alcanzar los 396 metros de altura. Desde la cima aparecen Botafogo, Copacabana y la bahía de Guanabara en una perspectiva distinta a la del Corcovado, más cercana al mar y con la ciudad extendiéndose hacia atrás. La recomendación clásica es hacerlos en días distintos, para que la geografía no se repita.
La zona portuaria que se reinventó después de 2016
Dejamos la altura y bajamos al mar. En la zona portuaria, el Boulevard Olímpico concentra la renovación urbana que transformó el frente costero a partir de los Juegos Olímpicos de 2016. El sector incorporó espacios peatonales, museos e intervenciones artísticas que hoy le dan una atmósfera distinta a la del resto del centro. En Praça Mauá está el Museu do Amanhã, inaugurado en 2015 con diseño del arquitecto Santiago Calatrava, un edificio que ya de entrada parece sacado de otra época. Su propuesta gira en torno al futuro del planeta, la sustentabilidad y el cambio climático, con un recorrido que pone el acento en la ciencia y en las consecuencias de las decisiones humanas. Es una parada que, más allá del turismo, deja pensando.
La mesa carioca: tres paradas, tres acentos
La gastronomía suma otra dimensión al recorrido y, en una ciudad de este porte, la oferta es tan amplia que uno podría perderse semanas. Para no dispersar, me gusta quedarse con tres referencias que cubren tres cocinas y tres ambientes bien distintos. En el centro, el rooftop Xian trabaja cocina asiática y japonesa con vista a la ciudad, una opción para arrancar la noche arriba de todo. En Leblon, sobre la Avenida Niemeyer con acceso directo al Atlántico, L'Étoile lleva adelante cocina francesa bajo la conducción del chef Jean Paul Bondoux, vinculado al restaurante desde 2014. Y el italiano Bene, también en ese mismo sector, completa la mesa con pastas, pescados y mariscos. Tres acentos, tres razones para sentarse con tiempo y dejar que la tarde se estire.
Consejo práctico para el que viaja
Si tengo que cerrar con un consejo para el que está armando el viaje, es este: compre los accesos al Cristo Redentor con la mayor anticipación posible, porque con las obras y el cupo reducido a la mitad, quedarse sin entrada en el lugar es una posibilidad real, y sumarle ese disgusto a unas vacaciones en Río no le hace bien a nadie. Reserve también el bondinho del Pan de Azúcar con varios días de margen y, ya en la ciudad, anote los tres restaurantes como una ruta posible, no como una lista cerrada: la mejor manera de comer en Río es dejarse llevar un poco. El resto, se lo va a ir contando la propia recorrida.
