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Por qué algunos amanecen contando sueños y otros no recuerdan nada

Un estudio internacional con 217 adultos seguidos durante quince días identificó qué pesa más a la hora de retener lo que soñamos: la edad, la manera en que la mente se distrae sola y hasta la cantidad de luz o ruido que nos llega cuando recién abrimos los ojos. La investigación también separó dos cosas que suelen confundirse: soñar y recordar lo soñado.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 9 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Siempre me llamó la atención esa diferencia tan marcada que se nota apenas uno se sienta a tomar el mate a la mañana, o cuando arranca el café en cualquier oficina de Buenos Aires. Hay gente que abre los ojos y empieza a contar, con una precisión casi cinematográfica, que soñó que caminaba por un pasillo interminable, que se cruzaba con un viejo conocido o que se caía de un colectivo. Y al lado, hay otros que, cuando les preguntás qué soñaron, se quedan en blanco, miran al techo como buscando una señal y terminan diciendo, con una honestidad que a mí siempre me resulta entrañable, que no se acuerdan de absolutamente nada. Como si la noche hubiera pasado de largo sin dejarles un papelito debajo de la almohada. Esa discrepancia, que uno tiende a atribuir al azar o a la mala suerte, parece tener, según un estudio reciente, razones bastante más concretas y hasta cierto punto sorprendentes.

La investigación fue publicada en la revista Communications Psychology y reunió a 217 adultos sanos, con edades que iban de los 18 hasta los 70 años, a los que se les siguió el rastro durante quince días seguidos. Cada mañana, los participantes tenían que registrar si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle podían reconstruir lo vivido. En paralelo, el equipo de investigadores fue juntando información demográfica, psicológica y datos del propio sueño obtenidos a través de dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. La idea, a grandes rasgos, era cruzar lo que la gente decía recordar con lo que efectivamente había pasado en su descanso para entender dónde estaba la diferencia.

Lo que pesa más a la hora de recordar

  • La edad: a medida que pasan los años cambia la facilidad para retener el contenido onírico al despertar.
  • La divagación mental: las personas más dadas a encadenar pensamientos en forma espontánea, sin anclarse en un foco inmediato, recuerdan más lo que soñaron.
  • La vulnerabilidad a la interferencia: si apenas uno abre los ojos entra luz, ruido o el propio pensamiento consciente, el recuerdo del sueño se desplaza antes de quedar consolidado.
  • La estructura del sueño: quienes tuvieron episodios más largos, con menor proporción de sueño profundo y mayor presencia de fases más livianas, amanecieron con más recuerdos oníricos.

A mí lo que más me hizo ruido, leyéndolo con detenimiento, fue eso de la interferencia. Porque uno siempre piensa que lo determinante pasa adentro de la cabeza, en el misterio de la propia mente, y resulta que una parte importante de si te acordás o no de lo que soñaste depende de algo tan sencillo y tan externo como la cortina que dejaste abierta, el ruido del colectivo que pasa a las seis de la mañana o la tentación de agarrar el teléfono ni bien suena el despertador. El sueño onírico necesita unos segundos de silencio mental para pasar de la experiencia vivida al recuerdo archivado, y si en ese momento crítico aparece cualquier estímulo que te devuelva de golpe al mundo consciente, lo que pasó adentro se pierde, como una llamada que se corta antes de que te dejen el mensaje.

El estudio también hizo una distinción que a mí, como lector, me pareció de las más valiosas del trabajo. No es lo mismo recordar el contenido concreto del sueño, con sus escenas, sus acciones y sus emociones, que vivir lo que los autores denominan el sueño blanco: esa sensación tan particular de despertar con la certidumbre íntima de que algo pasó durante la noche, de que efectivamente soñaste, pero sin poder recuperar ni una sola imagen, ni un solo personaje, ni una sola frase. Esa segunda experiencia, que varios de los participantes relataron con bastante frecuencia, sirvió para confirmar algo que muchas veces se da por sentado sin pensarlo demasiado: soñar y recordar lo soñado son dos procesos distintos, que no necesariamente van de la mano.

En definitiva, lo que la investigación viene a decir, y lo que a mí me llevo después de leerla con la taza de café ya vacía, es que esa pregunta tan de sobremesa, tan de conversación de amigos o de familia un domingo al mediodía, de por qué hay gente que amanece contando películas y gente que no se acuerda de nada, tiene más respuesta de la que uno sospechaba. Tiene que ver con cómo es cada uno, con cómo envejece la cabeza y, sobre todo, con el instante preciso en que la noche se corta y aparece el día. Un instante chico, casi imperceptible, pero decisivo. Como cuando uno se queda mirando fijo la pantalla del celu apenas abre los ojos y, sin darse cuenta, borra para siempre el sueño que se estaba por guardar.

EP

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