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Maní y alergia: por qué una reacción leve no asegura nada y cómo reaccionar antes de que sea tarde

La alergista Jaclyn Bjelac, de Cleveland Clinic, advierte que no hay forma de anticipar la gravedad del próximo cuadro y détaille cuáles son las señales que obligan a actuar en el momento, qué medicación aplicar primero y por qué la preparación previa cambia todo, sobre todo cuando hay chicos chicos en la casa.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 10 de septiembre de 2026 · hace 49 min

Lo primero que aclara Jaclyn Bjelac, alergista de Cleveland Clinic, es algo que a muchos les cuesta aceptar: no existe manera confiable de predecir cuán grave será la próxima reacción al maní a partir de cómo fueron las anteriores. Una persona que la semana pasada pasó una exposición con una simple roncha en la boca puede terminar la próxima vez en la guardia con la garganta cerrándosele. El antecedente, por leve que haya sido, no funciona como garantía de nada. Esa es la regla con la que conviene pararse cada vez que hay un contacto sospechoso.

Y acá viene el segundo punto que la especialista repite hasta el cansancio: la anafilaxia no siempre arranca con un cuadro dramático. A veces empieza con molestias que parecen moderadas —una picazón persistente, un poco de tos, una sensación rara en la boca— y se van agravando a los pocos minutos. Por eso Bjelac insiste en mirar cualquier cambio sin quedarse esperando a ver si los síntomas graves aparecen solos. Esperar es, en la mayoría de los casos, lo peor que se puede hacer.

Las señales que obligan a actuar ya, sin dudar

  • Dificultad para respirar o sensación de que falta el aire.
  • Sensación de garganta cerrada o voz tomada de golpe.
  • Hinchazón marcada, sobre todo en labios, lengua o párpados.
  • Mareos, sensación de desmayo o pérdida de conocimiento.
  • Síntomas que aparecen al mismo tiempo en dos o más zonas del cuerpo, aunque cada uno por separado parezca leve: esa combinación puede estar marcando un cuadro serio.

Frente a cualquiera de esos signos, la indicación de Bjelac es directa y no admite pasos intermedios: primero se administra la epinefrina recetada por el médico tratante —el autoinyector que la familia debería tener siempre a mano— y en paralelo se llama a los servicios de emergencia. No es una cosa y después la otra: son las dos, a la vez. La epinefrina compra tiempo, pero no reemplaza la atención médica, y por eso la ambulancia va siempre, incluso si la persona parece mejorar a los pocos minutos.

El caso de los más chicos: los síntomas no siempre se anuncian igual

En bebés y niños pequeños, identificar una reacción anafiláctica puede volverse más difícil. Pueden aparecer los mismos síntomas que en chicos más grandes —ronchas, vómitos, tos, hinchazón— pero también formas de presentación algo distintas, a veces más sutiles, a veces más bruscas. Un nene que se lleva las manos a la boca, que llora de golpe sin razón clara, que se pone pálido o que empieza con baboseo excesivo puede estar dando señales que un adulto distraído no sabe leer. Esa variación hace más importante que los cuidadores, los abuelos, las maestras y cualquier persona que forme parte de la vida del chico tengan en claro de antemano qué observar y cómo actuar.

“Tener un plan de acción claro, con la medicación a mano y sabiendo cuándo usarla, reduce la duda en el momento en que menos tiempo hay para dudar.”Jaclyn Bjelac, alergista de Cleveland Clinic

La especialista subraya que la preparación previa es parte central de la respuesta, no un accesorio. Tener un plan escrito, con la medicación guardada en un lugar conocido por todos, con fechas de vencimiento controladas y con la indicación médica fresca, cambia el desenlace de un episodio. Cuando los minutos pesan, decidir bajo el pánico qué inyectable se usa, dónde está guardado o a qué número llamar es perder un tiempo que no sobra. Esa organización previa, repetida y practicada, también incluye hablarlo con la escuela, con los familiares que reciben al nene en una merienda y con cualquier adulto que pueda llegar a darle un alimento.

Por último, Bjelac recuerda que la prevención cotidiana sigue siendo relevante. Saber en qué productos puede aparecer maní —desde galletitas y golosinas hasta comidas que parecen no tenerlo— y leer cada etiqueta antes de ofrecer algo, sobre todo a un chico con alergia diagnosticada, reduce las chances de una exposición accidental. No es paranoia: es la única manera de correrle margen al error humano, que siempre va a existir. Porque cuando aparece la reacción, ya no hay vuelta atrás: lo único que queda es haber estado listos antes.

EP

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