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Cuando el silencio empieza a gritar: cómo reconocer a tiempo el riesgo de suicidio en los jóvenes argentinos

Entre 2017 y 2025 las muertes por suicidio crecieron un 57,7% en el país y ya son la principal causa de fallecimiento entre los 15 y los 34 años. Una especialista del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires explica qué mirar, qué preguntar y por qué casi nunca es un impulso del último momento.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 8 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Lo primero que aprendí, mientras caminaba por los pasillos del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, es que el suicidio casi nunca llega como un rayo en cielo despejado. Aparece, según me lo describió una de las personas que más sabe de esto en la Argentina, después de un proceso largo, silencioso y, muchas veces, rodeado de indicios que el entorno cercano no termina de leer. Esa sensación de que algo se estaba cocinando a fuego lento, mientras la vida seguía su ritmo de siempre, es justamente la puerta de entrada para entender por qué los números vienen creciendo y por qué la detección temprana se volvió una urgencia que ya no puede esperar.

El panorama argentino es, cuanto menos, preocupante. En 2025 se registraron 5.209 muertes por suicidio en el país, contra 3.304 en 2017. Es un salto del 57,7% en apenas ocho años, que ubica al suicidio como la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito. La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, y la tendencia, como advierte la Organización Mundial de la Salud, no es un fenómeno local: la depresión y el suicidio vienen creciendo a escala global, con marcas muy visibles en la población joven.

Hablemos con quien más conoce el tema

María Fernanda Azcoitía es psicóloga y dirige el CAS, una institución que lleva décadas escuchando del otro lado del teléfono a personas en crisis y a sus familias. Para ella, el aislamiento social de la pandemia fue un punto de inflexión. Muchos adolescentes que ya tenían dificultades para vincularse volvieron a la presencialidad sin las herramientas emocionales necesarias para enfrentar exigencias que, hasta ese momento, les habían sido evitadas.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del CAS

Esa frase la repite como una manera de desactivar las explicaciones simplistas que circulan cada vez que un caso se hace público. Para Azcoitía no alcanza con señalar la crisis económica, una ruptura amorosa o un conflicto escolar: esos elementos pueden estar en la foto, pero ninguno por sí solo explica una muerte. Lo que hay que mirar es la combinación de factores psicológicos, vinculares, familiares y hasta biológicos que confluyen en una persona y en un momento determinado.

Qué observar y qué preguntar

Cuando le pido que traduzca eso a un lenguaje cotidiano, Azcoitía apela a una idea simple y, al mismo tiempo, potente: la clave está en los cambios respecto de la conducta habitual de cada persona. No se trata de aplicar un manual rígido, sino de comparar lo que veo hoy con lo que esa misma persona venía siendo. Un joven expansivo que de pronto se aísla, o uno más bien inhibido que de un día para el otro aparece con conductas disruptivas, está dando una señal que merece atención. El aislamiento, por sí solo, no es una sentencia: lo que alarma es la diferencia con el patrón previo.

En los jóvenes adultos que viven solos, la mirada recae muchas veces en compañeros de trabajo o amigos. Azcoitía enumera los factores que pueden elevar el riesgo: el uso de las redes sociales como único canal de comunicación, las adicciones, los trastornos de alimentación, el bullying, los abusos y los conflictos familiares. Sobre las plataformas digitales, la psicóloga esquiva una condena general, pero sí advierte: cuando esas redes desplazan otros vínculos y la persona que las usa es vulnerable, se transforman en un terreno especialmente delicado.

Azcoitía subraya algo que repite cada vez que puede: el proceso nunca es repentino. Esa es, en definitiva, la mejor noticia en medio de las cifras que duelen. Si no es un impulso del último momento, hay tiempo para intervenir, hay margen para que alguien se acerque, pregunte y escuche sin juzgar. Y ese alguien, en la enorme mayoría de los casos, no va a ser un especialista: va a ser un padre, una madre, un docente, un compañero de trabajo o un amigo. Por eso, más que memorizar señales, lo que hace falta es estar dispuestos a notar cuando alguien de nuestro círculo empieza a mostrarse distinto, y a tener la valentía de preguntar, aunque la respuesta nos asuste.

Cuando salí del CAS, esa tarde, me quedó dando vueltas una idea que Azcoitía repitió más de una vez: el suicido es un problema de toda la sociedad, y por eso necesita toda una sociedad atenta. No alcanza con esperar que la solución llegue de un protocolo, de un centro de salud o de una línea de atención. Hace falta, además, que cada uno de nosotros acepte que puede ser el primer eslabón de una cadena que, en muchos casos, empieza con un cambio de humor, un silencio más largo de lo habitual o una frase que alguien dijo medio en broma y que en realidad estaba gritando por ayuda.

EP

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