Jueves, 10 de septiembre de 2026
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Chicos que no pueden dormir, que se lastiman, que se callan: la otra emergencia que nadie apaga

La salud mental de niñas, niños y adolescentes se deteriora en silencio mientras los equipos especializados son escasos, los servicios están saturados y la respuesta llega partida entre escuelas, hospitales y juzgados.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 10 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Lo que llega a los consultorios, a las guardias y a las aulas ya no es un caso aislado cada tanto: es un patrón que se repite con nombres y edades, con marcas en la piel y con palabras que cuesta pronunciar. Chicos que dejaron de dormir, que comen de manera compulsiva o directamente dejaron de comer, que se aíslan en sus habitaciones, que se lastiman los brazos o las piernas y que, en el peor de los escenarios, dicen en voz baja que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay, casi siempre, una historia que estuvo guardada durante años sin encontrar a nadie dispuesto a escucharla.

Violencia que se calla y pantallas que ocupan el vacío

La violencia ocupa un lugar central en ese rompecabezas. Las estimaciones de UNICEF son contundentes y conviene repetirlas hasta que dejen de incomodar: 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18 años; entre los varones, la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus consecuencias sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones que pocas veces quedan registradas en un expediente y que, sin embargo, pesan como una losa en la infancia.

A ese mapa se le agregó en los últimos años una capa nueva, digital y difícil de regular. Las pantallas dejaron de ser una ventana de entretenimiento para convertirse, en muchos casos, en el único refugio disponible. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de dispositivos no es un capricho generacional ni un hábito que se corriera con un sermón: en demasiadas situaciones funciona como anestesia frente a soledades que no tienen otro lugar adonde ir.

Cuando el sistema responde, pero lo hace tarde y en pedazos

Cuando una familia advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, el recorrido suele transformarse en un calvario burocrático. Se topa con servicios saturados, con profesionales especializados que directamente no existen en la zona y con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia consumada. La atención llega fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma físico, la justicia recibe la infracción. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes, entrevistas y derivaciones que no se hablan entre sí.

Los equipos dedicados a infancia y adolescencia son escasos, los dispositivos intermedios funcionan con cupos desbordados y la continuidad del tratamiento queda atada a la constancia de cada profesional más que a una política pública sostenida. El resultado es que muchos pibes quedan sin acompañamiento justo en los momentos en los que más lo necesitan, y que la emergencia se atiende como se puede: con parches, con voluntades individuales y con el esfuerzo sobrehumano de quienes todavía eligen quedarse.

Aprender, mientras tanto, se vuelve una tarea casi imposible. Los resultados de las pruebas PISA 2025 sumaron otra señal de alerta que no puede mirarse en forma aislada: casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención sostenida, confianza en uno mismo y capacidad de tolerar la frustración, que son exactamente los recursos que se agotan cuando la energía psíquica de un chico está puesta, día a día, en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono. Lo que se mide en los exámenes es, en buena medida, el resultado de lo que se padeció en la infancia.

EP

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