Cansancio que no se va: cuando el cuerpo sigue funcionando pero la cabeza ya está al límite
Despertar sin energía, perder el hilo de una frase o estallar por un contratiempo menor pueden parecer malestares menores, pero los especialistas alertan que son la huella de un estado de alerta sostenido que deteriora el sueño, la concentración y el ánimo.
Lo vi con mis propios ojos la semana pasada, en la parada del colectivo de la línea que me deja a dos cuadras de casa: una mujer de unos cincuenta y tantos, con el pelo todavía mojado por la lluvia de la mañana, se quedó mirando el teléfono como si la pantalla le estuviera hablando en un idioma que no entendía. Me miró, levantó las cejas y me dijo, casi en un susurro: «Disculpame, no sé qué estoy haciendo acá». Tenía la cara de alguien que había dormido, pero no había descansado. Esa escena, que podría ser la de cualquiera en cualquier esquina de Buenos Aires, es justamente la postal que describen los especialistas cuando hablan del momento en que el cansancio deja de ser algo pasajero y se convierte en algo que se instala, sin pedir permiso, en la vida cotidiana.
Porque hay una diferencia enorme, y a veces invisible, entre pasar una semana difícil en el trabajo o en la casa y vivir en alerta permanente. La segunda situación es más difícil de detectar, y ese es justamente el problema: la rutina puede seguir en pie, los compromisos se cumplen, los mensajes se contestan, y sin embargo el cuerpo y la mente ya están operando al límite, como un motor que gira pero empieza a perder aceite.
Lo que dicen los organismos sanitarios y la literatura científica
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, conocidos por su sigla CDC, vienen advirtiendo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones. Lo interesante es que estos síntomas no siempre aparecen juntos ni de manera evidente: lo más habitual es que se presenten de forma dispersa, como gotitas que van cayendo una tras otra. Una persona se despierta a las tres de la mañana sin motivo aparente, olvida lo que iba a decir a mitad de una frase, o reacciona con una intensidad que ella misma no se reconoce ante algo menor, como un corte de luz o un mensaje del trabajo que llega fuera de horario.
Una revisión publicada en 2025 en la revista Frontiers in Psychology, que reunió 45 revisiones y más de 2.000 estudios, encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. En la misma línea, otro estudio publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress señaló que la exposición prolongada al estrés puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. Es decir, no es una sensación vaga: hay cambios medibles en cómo el cerebro procesa la información cuando el estado de alerta se cronifica.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Las señales que suelen pasar desapercibidas
- Despertarse agotado incluso después de haber dormido varias horas, con la sensación de que el sueño no reparó nada.
- Perder el hilo de una conversación a mitad de una frase o no encontrar la palabra justa para algo que uno sabe perfectamente.
- Irritarse o exasperarse ante contratiempos menores, como un trámite que se demora o un familiar que pregunta algo en mal momento.
- Olvidar compromisos pequeños pero importantes, como retirar un paquete, responder un mail o concurrir a un turno médico.
- Sentir una opresión en el pecho o en la garganta sin que haya un motivo médico claro que lo explique.
- Dormir peor: conciliar el sueño con dificultad, despertarse varias veces durante la noche o madrugar mucho antes de lo necesario sin poder volver a dormirse.
Una de las razones por las que este cuadro pasa desapercibido es que la continuidad de la rutina actúa como una señal engañosa. Alguien puede seguir llegando a tiempo al trabajo, respondiendo mensajes y cumpliendo con cada compromiso, aunque conviva con un sueño fragmentado y con una tolerancia cada vez menor a la frustración. En los últimos años empezó a circular en espacios de bienestar el concepto de modo supervivencia, que no es un diagnóstico clínico pero sirve para ordenar señales que, tomadas por separado, parecen insignificantes. Lo que realmente importa no es la etiqueta, sino el patrón: dormir peor durante semanas, estar más irritable de lo habitual, olvidar cosas que antes no se olvidaban y sentir que el día a día cuesta el doble.
Vuelvo entonces a la mujer de la parada, que se quedó mirándome como pidiendo una confirmación de que estaba despierta, de que era ella, de que seguía siendo ella. Antes de subir al colectivo me dijo su nombre, Stella, y me dijo que tenía 54 años y tres nietos que la mantienen a maltraer. «Yo creo que hace meses que no descanso de verdad», me dijo mientras buscaba la SUBE en el fondo de la mochila. Le creí, porque su cara era la misma cara que vi la semana anterior en el rostro de un amigo de 47 que me llamó para cancelarme un asado porque no tenía fuerzas ni para comprar la carne. Identificar el patrón a tiempo, dicen los especialistas, es la diferencia entre una semana exigente y un desgaste que, si se prolonga, empieza a cobrarse facturas en la salud física y mental. Y a veces, como me pasó a mí en esa esquina, alcanza con mirar al de al lado para empezar a ver lo que uno mismo viene esquivando.
