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Aftas que no aflojan: la guía para saber cuándo un afta en la boca es solo una molestia y cuándo hay que salir corriendo al médico

En la mayoría de los casos se van solas en una o dos semanas, pero hay detalles de tamaño, repetición y síntomas asociados que conviene no pasar por alto; un repaso por las causas más comunes, las señales de alerta y las enfermedades de base que pueden estar detrás.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 8 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Aclaro de entrada que esto que voy a contar lo armé después de una conversación que me quedó dando vueltas, la de una mujer de cincuenta y pocos años que conocí en la sala de espera de un consultorio odontológico del barrio de Once, en Buenos Aires, y que me dijo algo que se me grabó: "Tengo la boca hecha un desastre, che, me salen llagas todo el tiempo y yo pensé que era stress, pero ya van tres meses". Le pregunté si había ido al médico y me miró como si le hubiera hecho un disparate. Ahí entendí que el tema de las aftas, que parece una pavada, en realidad tiene más vueltas de las que uno se imagina, sobre todo cuando se repite o se niega a irse.

Qué es un afta y por qué no es lo mismo que el herpes

Para arrancar por el piso, las úlceras bucales, conocidas como aftas, son lesiones que se forman en lugares que uno no siempre ve a simple vista: la cara interna de las mejillas, abajo o encima de la lengua, las encías, el interior de los labios y el paladar blando. Lo típico es que tengan un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde rojo, y en muchos casos vienen anunciadas por un ardor o un hormigueo en la zona uno o dos días antes. La diferencia clave con el herpes labial, que vale la pena remarcar porque la gente las mezcla todo el tiempo, es que las aftas no aparecen en la parte de afuera de los labios y no se contagian, mientras que el herpes sí se ubica en el borde externo del labio y es una infección viral que se transmite por contacto.

En su forma más común, las aftas son chicas, redondeadas y se curan solas en una o dos semanas sin dejar marca en la mucosa. Pero hay una variante mayor, menos frecuente pero más jodida, que es más profunda y más dolorosa y cuya cicatrización puede estirarse hasta seis semanas. Y existe también una forma compuesta por muchas ulceraciones chiquitas que tienden a agruparse, como un enjambre, y que también suele tardar más en irse.

Por qué aparecen: del cepillado al estrés, pasando por la dieta

Entre los desencadenantes más documentados están los traumatismos locales, que en castellano quiere decir los pequeños golpes que nos hacemos sin querer en la boca: morderse la mejilla mientras se come, un cepillado demasiado agresivo, el roce constante con un aparato de ortodoncia o con una prótesis mal ajustada, y las quemaduras por alimentos o bebidas demasiado calientes. A eso se le suman el estrés, el cansancio y los cambios hormonales asociados con la menstruación o el embarazo, que en muchas mujeres coinciden con la aparición de las lesiones.

La alimentación también juega, y bastante. Las carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen de manera recurrente en la literatura médica como factores relacionados. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health, que reúne estudios de distintos países, encontró que las personas con aftas recurrentes tenían con mayor frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles reducidos de hemoglobina. Los autores aclaran, y vale la pena repetirlo, que esa asociación no significa causalidad directa, o sea que tener el hierro bajo no quiere decir automáticamente que esa sea la causa de las aftas, y que en algunos indicadores la evidencia disponible todavía es limitada.

Cuándo hay que tomárselas en serio

Cuando las lesiones son múltiples o vuelven una y otra vez, la explicación puede estar en una enfermedad de base que conviene descartar. Entre las condiciones asociadas se cuentan la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, distintas infecciones virales, bacterianas o fúngicas, y los estados de inmunidad debilitada, incluido el VIH/sida. No quiere decir que toda afta repetida sea señal de algo grave, pero sí que la repetición es motivo suficiente como para sentarse a charlar con un profesional.

  • Una llaga que persiste más de dos o tres semanas sin mejorar.
  • Lesiones que se repiten con frecuencia o aparecen en lotes grandes.
  • Aftas mucho más grandes de lo habitual o que se van profundizando.
  • Dolor intenso que impide comer, hablar o dormir con normalidad.
  • Síntomas asociados en otras partes del cuerpo: fiebre, diarrea, dolor en las articulaciones, erupciones en la piel o pérdida de peso sin causa clara.
  • Lesiones que se extienden hacia los labios externos, algo que no corresponde a un afta común.

Me fui del consultorio pensando en esa vecina de Once, Marta, que así me dijo que se llamaba, de cincuenta y dos años, con sus tres meses de aftas sin atender, y la verdad es que lo más preocupante no es el dolor en sí, que de hecho es bastante molesto, sino la costumbre de pensar que "ya se va a pasar". En la enorme mayoría de los casos efectivamente se pasa, pero cuando el cuerpo insiste con una señal durante semanas, lo más sensato es hacerse ver. Una afta chica que se cura sola en diez días es una molestia; una que no se va nunca es un mensaje.

EP

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