La momia de 1999: cuando Brendan Fraser revivió a un monstruo y nos hizo creer en las aventuras de plastilina
Stephen Sommers rescató al clásico de Universal, lo mezcló con Indiana Jones y nos regaló una trilogía que todavía se mira sin culpa. Un repaso por la película que volvió a poner a la momia en el centro de la escena.
Dicen que no se puede volver a meter al genio en la botella. Parece que a Stephen Sommers no le avisaron, porque en 1999 agarró a la momia de Universal, esa que ya tenía sus años encima, y la revivió con inyecciones de aventura, romance y exactamente la cantidad justa de terror para que los adolescentes se taparan los ojos sin perder la dignidad.
La cosa arranca como tantas otras historias del valle: una expedición a unas ruinas egipcias, un del tesoro que nadie sabe bien dónde queda y un grupo de desprevenidos que se mete donde no debe. Hamunaptra, la ciudad de los muertos, recibe a Rick O'Connell (Brendan Fraser, en su mejor versión de tipo que se las arregla con un ingenio verbal) y a Evelyn Carnahan (Rachel Weisz, convertida en la egiptóloga despistada que todos querríamos haber sido en la secundaria).
Un sacerdote con mala leche y un romance con chispa
El detonante, claro, es Imhotep, un sacerdote del antiguo Egipto con cara de pocos amigos y una maldición encima que ya quisiera cualquiera como antecedente. Su regreso como momia con poderes sobrenaturales transforma la exploración arqueológica en una carrera contra el tiempo. Pero Sommers no se queda solo en el monstruo: le mete a la pareja central un vínculo que funciona, con diálogos rápidos y una química que justifica toda la saga.
- La momia (1999): el origen de todo, con Fraser y Weisz metiéndose en Hamunaptra y despertando lo que no debían.
- El regreso de la momia (2001): secuela directa, más grande, más ambiciosa y con un hijo de por medio que cambia la dinámica familiar.
- La momia: La tumba del emperador Dragón (2008): el cierre de la trilogía, con un cambio de elenco y un giro hacia Oriente que dividió aguas.
La comparación con Indiana Jones es inevitable y Sommers ni siquiera intenta disimularla. La exploración, el riesgo, el romance, los nazis de la trama (bueno, acá son egipcios vengativos, pero la energía es la misma): todo está orquestado para que el espectador se sienta en un parque de diversiones con aire acondicionado. La diferencia es que La momia se permite ser más liviana, más irónica, menos solemne. La momia es Indiana Jones con chistes y un monstruo que se ríe a carcajadas.
(Y acá viene el comentario al margen: si no vieron esta película, tienen un agujero negro en su currículum de cinéfilos. No se hagan los modernos.)
Por qué vale la pena volver a verla
La propuesta de Sommers recupera al monstruo clásico de Universal pero lo viste con ropa nueva: acción, terror en dosis medidas, romance y un humor que destila en cada escena. La amenaza de Imhotep funciona como motor, pero el corazón está en la pareja central, dos personajes con perfiles distintos que se complementan como el té y las facturas de un domingo a la tarde.
La entrega de 1999 presenta a la dupla, establece el cruce de géneros y sienta las bases de todo lo que vino después. Es, en definitiva, la mejor puerta de entrada a esta trilogía. ¿Qué lugar ocupa La momia entre esas películas de aventuras que uno volvería a ver sin pensarlo dos veces? En mi ranking personal, bastante arriba. Cerca del top, al lado de Los cazadores del arca perdida y por encima de cualquier superproducción reciente que pretenda hacerte creer que el cine de aventuras murió.
Recomendación sin vueltas: si tienen un domingo libre y la pantalla grande esperando, busquen La momia de 1999. Pongan pochoclos, bajen la luz y dejen que Brendan Fraser les haga creer, por un rato, que las momias pueden ser simpáticas y que el desierto egipcio está a la vuelta de la esquina.
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