Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

La mesa como escuela: por qué compartir las comidas cambia lo que comen los chicos

Especialistas argentinos en nutrición pediátrica presentaron un consenso que pone el foco en el entorno, las rutinas y los acompañantes a la hora de comer. La idea central es que los hábitos se construyen, sobre todo, por imitación.

Por Emanuel PaillalefSociedad · · hace 3 d
La mesa como escuela: por qué compartir las comidas cambia lo que comen los chicos

Lo vi decenas de veces en casas ajenas y, con el tiempo, también en la mía. La madre termina de servir la sopa, el padre levanta la vista del teléfono, la nena de cuatro años empuja el plato con la cuchara y pregunta si hay otra cosa. Al rato, sin que nadie le haya dado una orden, prueba una cucharada. A veces la escupe. Otras veces, no. Esa escena mínima, que se repite a lo largo de la Argentina, es la materia prima de un consenso que sacudió las últimas jornadas pediátricas: NutreAR, la propuesta que un grupo de especialistas presentó en el noveno Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría.

Comensalidad, una palabra que ordena todo

Lo que el documento busca instalar es un concepto que ya existía en la literatura pero que rara vez baja a la consulta: la comensalidad. La palabra describe todo lo que envuelve al acto de comer, es decir, el lugar, el momento, los acompañantes, las pantallas que se prenden o se apagan, las conversaciones que se cruzan y, sobre todo, los modelos que los chicos tienen enfrente cuando se llevan algo a la boca. Para los autores, coordinados por PROFENI, la lista de alimentos recomendados para cada edad es importante, pero no alcanza. Sin un entorno que acompañe, la dieta se licúa.

El consenso abarca desde los dos hasta los diecisiete años y propone, justamente, cortar en etapas. No come igual un chico de dos que está descubriendo texturas que un adolescente de dieciséis que empieza a decidir solo qué llevar a la mesa, y la guía intenta reflejar esos cambios. La advertencia, eso sí, es transversal: las rutinas se construyen de abajo hacia arriba, y lo que se haga a los tres pesa a los trece.

Aprender comiendo al lado de otro

El mecanismo más documentado, y el que más repiten los especialistas, es el aprendizaje por imitación. Cuando un nene ve a sus padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, suma opciones a su propio repertorio. Cuando no ve a nadie hacerlo, el repertorio se angosta y aparece lo que en la jerga se llama selectividad alimentaria: un chico que se encierra en cuatro o cinco alimentos y rechaza el resto con una tenacidad que desespera a cualquier familia. Los profesionales recomiendan ofrecer siempre algo nuevo, sin convertir el menú en una batalla, y evitar consolidar una lista demasiado chica, porque revertir la selectividad después es mucho más costoso.

El tramo de la adolescencia preocupa especialmente. A partir de los catorce o quince años, según describen los especialistas, crece la tendencia a comer solo, encerrado en el cuarto, con el celular o la computadora como único interlocutor. Cada comida que se pierde en soledad es una oportunidad menos de construir ese lazo alrededor del plato, y los especialistas son categóricos: la mesa no tiene por qué ser obligadamente familiar en el sentido estricto. Cenar con amigos, con un compañero de pensión o con un primo cumple el mismo efecto, siempre que haya alguien enfrente con quien conversar y, de paso, con quien copiar qué se come y cómo se come.

La escuela como mesa extendida

La comensalidad tampoco termina en la puerta de la casa. En las escuelas, los comedores con menús pensados por equipos de nutrición y las viandas armadas en casa funcionan como una prolongación de ese aprendizaje. Amplían el repertorio, exponen a los chicos a preparaciones que en el hogar a veces no aparecen y abren conversaciones que después se trasladan a la cena familiar. El consenso insiste en que la escuela no compite con la mesa de la casa: la complementa. Y vuelve a poner el acento en una idea que, en el fondo, los argentinos ya intuimos pero solemos olvidar en la vorágine semanal: comer no es solo alimentarse, es un acto social que empieza mucho antes del primer bocado y termina mucho después del último.

EP

Te puede interesar