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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La herencia invisible: cuando los sueños de los padres pesan sobre la vida adulta

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo "La culpa" cómo las expectativas familiares moldean la vida de los hijos y por qué la culpa se vuelve una compañía difícil de sacudir, incluso cuando el amor está presente.

Por Emanuel PaillalefSociedad · · hace 10 d
La herencia invisible: cuando los sueños de los padres pesan sobre la vida adulta

Me crucé con esta idea una tarde de domingo, en una charla con una amiga de 47 años que me confesaba, con la voz un poco rota, que todavía hojeaba el diario buscando el nombre de su padre, fallecido hace ya tres años, esperando encontrar en algún titular una señal de aprobación que jamás llegó en vida. Esa escena, que me quedó dando vueltas, es exactamente la que describe la psicóloga Cynthia Wila cuando habla de las expectativas que los padres depositan en los hijos y del modo en que esas aspiraciones, aún no dichas, terminan gobernando la vida adulta.

Wila, autora del ensayo "La culpa" publicado por Paidós, propone una pregunta que parece simple pero que a muchos nos incomoda: ¿de qué nos acusamos realmente? Su planteo central es que buena parte de lo que sentimos como reproche propio no es más que la voz de alguien más que se nos metió adentro durante la crianza, disfrazada de mandato cariñoso o de consejo bienintencionado.

Sueños propios que pesan como herencia

La psicóloga señala algo que a esta altura de la vida, a los 40, 50 o 60 años, se entiende con una claridad tremenda: muchas veces, las expectativas de madres y padres incluyen proyectos que ellos mismos no pudieron llevar adelante. Carreras truncas, vocaciones aplazadas, amores postergados. Y ese pendiente, en lugar de quedarse donde estaba, se carga sobre los hombros de los hijos, como si fueran ellos los responsables de saldar una cuenta ajena.

Ahí aparece lo que Wila llama una demanda imposible de satisfacer: cumplir con los deseos pendientes de otra persona. No importa cuánto uno se esfuerce, siempre faltará algo, porque el objetivo nunca fue propio desde el arranque.

No hace falta que las palabras duelan

Hay un punto del planteo que me parece especialmente lúcido y que me recordó a Marta, una vecina de 52 años que conocí recorriendo el barrio: ella me contaba que su madre jamás le dijo nada hiriente, todo lo contrario, le preguntaba con dulzura "y bueno, ¿cuándo te decidís a estudiar algo serio?", y cada vez que lo escuchaba sentía que se le caía el alma al piso. Wila advierte exactamente sobre eso: no hacen falta gritos ni reproches explícitos para generar una carga. Un pedido expresado con cariño puede abrir la misma herida, porque deja flotando la pregunta de qué esperan los adultos y qué habría que hacer para merecer su aprobación.

  • Las normas que ayudan a convivir: las que ponen límites, por ejemplo, a la agresividad, sirven para organizar la vida en común.
  • Los mandatos que restringen elecciones: son exigencias que condicionan decisiones y suelen estar atadas al miedo a perder el afecto del otro.
  • La incorporación de la voz ajena: los juicios recibidos en la infancia se vuelven reproches propios que persisten en la adultez.
  • La revisión propuesta por Wila: detenerse a pensar qué está pasando y distinguir entre la responsabilidad concreta por los propios actos y un cuestionamiento permanente e injustificado sobre uno mismo.

La culpa que viaja con uno

Wila sostiene que las presiones no se disuelven mágicamente al cruzar la puerta de la casa paterna. Las voces y los juicios recibidos durante la infancia se incorporan como si fueran propios, y la exigencia sigue ahí, aunque ya no haya nadie afuera formulándola. En la adultez, uno se descubre juzgándose con palabras que suenan a las de un padre, una madre, un abuelo, y no siempre cae en la cuenta de que esa voz no es la propia.

Frente a ese mecanismo, la especialista propone algo tan sencillo como difícil de llevar adelante: parar la pelota, pensar qué está pasando, y revisar de qué se acusa cada persona. El eje de su propuesta no es negar la responsabilidad por los propios actos, que sigue siendo central, sino dejar de sostener un cuestionamiento permanente e innecesario sobre uno mismo.

Wila aclara, y me parece un gesto honesto que vale la pena destacar, que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía muchísimo según las experiencias de cada uno. No hay una receta única. Cada recorrido está atravesado por palabras, gestos y situaciones vividas, y por eso el trabajo sobre la culpa también es individual. Reconocer de dónde viene el reproche que cargamos es, según la psicóloga, el primer paso para empezar a soltar lo que nunca nos perteneció.

Vuelvo a mi amiga de la tarde de domingo, y pienso que probablemente ella, como tantos de nosotros, lleva años buscando en los diarios de la vida un titular que la absuelva. La propuesta de Wila es, en el fondo, una invitación a escribir ese titular uno mismo, sin esperar la firma de nadie más.

EP

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