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El Coyote se cansó de perder y va a juicio: ahora quiere cobrarle a la fábrica de pesadillas

Wile E. abandona el desierto y se sube a un estrado con un abogado de carne y hueso, en una película que mezcla dibujo animado con actores reales y se ríe del propio formato de los Looney Tunes.

Por Carla SanhuezaCultura y espectáculos · 22 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Cuarenta años de caídas, atropellos, explosiones y pedidos a la sección de correo de Acme que nunca llegan en buen estado. El Coyote ya tuvo bastante. En Coyote vs. Acme deja el acantilado, abandona al Correcaminos por un rato y se planta en un juzgado para reclamar lo que considera suyo: una indemnización por todos los yugos, las piedras y los cañones de la empresa que le vendió productos defectuosos durante décadas. La movida, claro, no tiene el menor sentido lógico. Y por eso funciona.

Una rareza que mezcla tribunales con dibujitos

La película dura algo más de hora y media y apuesta por una combinación que ya tiene antecedentes en el mundo Looney: unir animación con actores reales. Lo hicieron Space Jam con Michael Jordan y Looney Tunes: de nuevo en acción, con Brendan Fraser a la cabeza. La diferencia es que esta vez el conflicto central no es un partido de básquet ni una amenaza al universo animado: es un juicio por daños y perjuicios. Sí, un litigio. Con un coyote de escritorio y un abogado humano al lado.

A ese abogado lo interpreta Will Forte, que carga con la parte terrenal de la historia. Su personaje y el Coyote funcionan como una dupla improbable, con reglas distintas y problemas que, por distintas razones, no logran resolver. La película se apoya en esa cercanía para estirar el vínculo entre lo animado y lo humano durante un metraje que excede al de los cortos originales.

La misma rutina, pero con más minutos

Cualquiera que haya visto un corto de los Looney Tunes sabe cómo termina la historia: el Coyote arma un plan, el plan sale mal, cae al precipicio. Aquí la dinámica no cambia, solo se prolonga. Cada intento fallido empuja al Coyote un poco más hacia la idea de que la justicia, esta vez, debería llegar por vías legales y no por la compra de un Boomerang Soñador número 7.

Ese recorrido, más largo, le permite a la película detenerse en algo que los cortos resolvían en segundos: la insistencia. El Coyote no se rinde ni siquiera cuando el universo físico le juega en contra, y el personaje de Forte acompaña esa pulseada con conflictos propios que lo acercan a un animal que, técnicamente, no debería hablar en un juzgado.

Lo que une a los dos protagonistas

¿Y la pregunta del final?

Después de ver al Coyote litigar contra una fábrica de trampas, uno se queda pensando en qué otro personaje de los Looney Tunes se bancaría una película entera. El Correcaminos tiene lo suyo, pero es demasiado rápido para un guion de hora y media. Bugs Bunny ya tuvo su rato de gloria. Taz, el demonio de Tasmania, sería un caos. Y el Pato Lucas, directamente, debería tener su propio tribunal. Recomendación sin vueltas: si te criaste viendo los cortos de la tarde, esta película te va a sacar más de una sonrisa, sobre todo cuando el Coyote finalmente se planta y dice basta. A veces, perder también cansa.

CS
Carla SanhuezaCultura y espectáculos

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