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Diez años persiguiendo estrellas: cómo se planifica una salida de astrofotografía por los paisajes más impactantes del norte argentino

El fotógrafo Gonzalo Santile recorrió el Valle de la Luna, Cafayate, Talampaya, las Salinas Grandes y las Altas Cumbres para registrar el cielo nocturno. Su experiencia sirve como guía para quienes quieran animarse a una salida nocturna: permisos, clima, orientación y los secretos de una cámara que ve lo que el ojo no ve.

Por Nahuel QuintriqueoTurismo de nieve y montaña · 15 de septiembre de 2026 · hace 14 h

Parte de nieve y estado del cielo: jornada ideal para pensar en una salida de astroturismo, con cielo despejado en gran parte del norte y centro del país, temperaturas agradables durante el día y fresco seco después del atardecer, el combo que cualquier aficionado a la fotografía nocturna celebra como si fuera una nevada fresca en julio. Les cuento esto porque me dedico a probar destinos de montaña y, cada vez más, me cruzo con viajeros que me preguntan cómo se hace para ver la Vía Láctea a ojo desnudo o para sacar una foto de esas que parecen pintadas. La respuesta, me la dio un astrofotógrafo que lleva una década trabajando en los paisajes másimpactantes de la Argentina: Gonzalo Santile, un nombre que en los foros especializados se repite cuando se habla del cielo del Valle de la Luna en San Juan o del cielo sobre Cafayate en Salta.

Lo primero que me quedó claro al escucharlo es que una salida nocturna no se improvisa, ni siquiera cuando uno ya conoce el lugar. Santile me contó que siempre empieza por reconocer el terreno con luz natural, a pleno día, para identificar los caminos, decidir por dónde se va a mover en la oscuridad y pensar dónde va a plantar el trípode. Esa recorrida previa, me dijo, es la diferencia entre volver con una postal y volver con una historia para contar en la ruta.

Los destinos que el fotógrafo eligió para su cielo

  • Valle de la Luna, en San Juan: relieves lunares que parecen de otro planeta bajo un cielo sin contaminación lumínica.
  • Cafayate, en Salta: las quebradas y los viñedos reciben un manto de estrellas que cambia la postal diurna por completo.
  • Talampaya y otros escenarios riojanos: cañones y paredones que el obturador rescata con una nitidez que el ojo no alcanza.
  • Cordón del Plata, en Mendoza: alta montaña mendocina con aire transparente y poca luz artificial.
  • Altas Cumbres, en Córdoba: el norte cordobés donde una tormenta lo obligó a esperar, pero después le regaló estrellas reflejadas en el agua sobre las salinas.
  • Salinas Grandes de Jujuy: la planicie blanca jujeña donde el cielo se multiplica y la orientación se vuelve un desafío.

Antes de meterse de lleno en la salida, hay un tema administrativo que muchos travelers subestiman y que puede arruinar el viaje si se lo dejan para último momento: los permisos. En parques nacionales y provinciales no se entra cuando uno quiere y mucho menos solo de noche. Santile me lo dijo con la naturalidad de quien lo vivió en carne propia: en las áreas protegidas hay que pedir autorización y, salvo excepciones muy puntuales, se concurre siempre con un guía o con un guardaparques del lugar. Yo, que vengo del turismo de nieve y de montaña, celebro que lo recalque: los pisteros y los guías de cada zona son los que conocen los accesos, los horarios y las reglas, y ese vínculo con el profesional local es lo que termina haciendo la experiencia.

“En parques nacionales o provinciales hay que solicitar los permisos correspondientes y no se puede ingresar solo de noche; siempre voy acompañado por un guía o guardaparques.”Gonzalo Santile, astrofotógrafo

El clima, la orientación y la batería: tres variables que no perdonan

El segundo punto clave es el clima, y acá me permito una confesión de lector de partes meteorológicos: por más forecast impecable que uno consulte la noche anterior, no hay garantía de que la sesión salga. Santile lo sabe bien. En el norte cordobés, después de viajar varios cientos de kilómetros, le cayó una tormenta que lo obligó a esperar horas hasta que el agua acumulada sobre las salinas se aquietara y le permitiera captar las estrellas reflejadas. Esas esperas, me dijo, son parte del oficio: la cámara y el fotógrafo tienen que convivir con la paciencia del que sabe que la montaña y el cielo no obedecen al reloj.

La orientación, en zonas tan vastas como las Salinas Grandes jujeñas, es otro capítulo aparte. Santile me contó una anécdota que me erizó la piel: una noche, volviendo con un artesano local que lo acompañaba, perdieron el rumbo en la inmensidad blanca y terminaron encontrando una salida por casualidad, cerquita del punto por donde habían ingresado. En otra excursión, la batería de su teléfono se agotó, quedó incomunicado y su familia tuvo que salir a buscarlo. Lo cuento porque a veces uno sube a la montaña o se mete en una salina pensando que el celular lo salva, y la batería, el frío o la falta de señal se encargan de recordar que no siempre es así.

También me parece importante separar dos cosas que suelen mezclarse: la experiencia de mirar el cielo a simple vista y lo que después termina en una fotografía. Las exposiciones de Santile duran varios minutos, y muchas de sus panorámicas más impactantes son el resultado de capturas acumuladas durante varias noches en el mismo lugar. La cámara registra colores y matices que el ojo, por más entrenado que esté, no llega a percibir de la misma manera. Por eso, cuando uno ve esas imágenes saturadas de estrellas y se decepciona al llegar al lugar, la clave es entender que la foto es un trabajo técnico y que la vivencia directa tiene su propio valor, más sutil y más humana.

Un consejo práctico para quien quiera animarse

Si están pensando en armar su propia salida, les dejo lo que yo aprendí escuchando a Santile y lo que siempre repito como guía de montaña: vayan de día antes que de noche, hablen con el guardaparques o con un guía habilitado del lugar, pidan los permisos con tiempo, lleven baterías extra y un power bank, carguen el teléfono hasta el tope, consulten el pronóstico pero no se obsesionen con él, y entiendan que el viento y las nubes pueden ganar la pulseada aunque ustedes hayan viajado diez horas. Y, sobre todo, dense permiso de disfrutar el cielo sin cámara. Las estrellas no necesitan trípode para dejarse mirar, y esa pausa, créanme, es la que después se recuerda cuando uno vuelve a la ciudad y extraña la montaña.

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Nahuel QuintriqueoTurismo de nieve y montaña

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