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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando la vista, el cuerpo o las creencias se alteran: por qué conviene no quedarse callado

Por Emanuel PaillalefSociedad · · hace 11 d
Cuando la vista, el cuerpo o las creencias se alteran: por qué conviene no quedarse callado

Lo escuché en la sala de espera, una señora le contaba a otra que su hijo, jubilado hace poco, había empezado a ver personas en el patio que nadie más encontraba. La primera reacción de la madre fue pensar que se le estaba yendo la cabeza. La segunda, después de charlarlo con un vecino que es enfermero, fue llevarlo a una consulta médica. Esa segunda reacción es la que me interesa acá, porque es la que casi nunca aparece en las notas sobre el tema: la gente se queda en silencio, esperando que el síntoma pase solo, y cuando pasa a un profesional ya pasó demasiado tiempo.

El punto de partida es sencillo y vale la pena repetirlo: no hace falta saber qué está pasando para pedir una evaluación médica. Ver cosas que otros no ven, notar que los objetos cambian de tamaño o sostener creencias firmes que afectan la vida cotidiana son motivos suficientes para sentarse frente a un profesional. Esas experiencias, por sí solas, no permiten establecer un diagnóstico: la evaluación considera los antecedentes, el contexto y otras manifestaciones para definir qué atención necesita cada persona.

Tres palabras que no dicen lo mismo qué

Antes de cualquier definición clínica, conviene distinguir tres términos que suelen mezclarse en la conversación cotidiana. No es un detalle menor: lo que uno le cuenta al médico depende de la palabra que use, y esa palabra cambia la dirección de la consulta.

  • Distorsión: modifica la percepción de algo que existe, por ejemplo sentir que una habitación cambió de tamaño o que las manos se alargaron.
  • Alucinación: supone percibir algo sin un estímulo externo que lo produzca, como ver una figura donde no hay nadie.
  • Delirio: es una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas en contrario, como estar convencido de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor.

Cuando los ojos se llenan de imágenes que nadie más ve

Acá me apoyo en lo que me contaba Marta, 58 años, vecina del barrio, que tiene un padre con pérdida importante de visión: ella me dijo que el padre vio durante meses unos pajaritos en el jardín que no estaban, y que él mismo le aclaraba, mirándola fijo, que sabía que no eran reales. Esa descripción, que él pudiera reconocer que las imágenes no existían, es una de las claves del síndrome de Charles Bonnet, donde personas con deterioro visual importante perciben imágenes complejas. Ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. La evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, en presentaciones atípicas, estudios de neuroimagen para descartar otras causas.

Cuando el cuerpo o el entorno cambian de tamaño

Las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno también necesitan contexto clínico. El síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y temporal. Una revisión de 169 casos encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos y las encefalitis predominaban en menores de 18 años. La cifra no es un detalle menor: detrás de la misma experiencia puede haber mecanismos muy distintos según la edad, y eso cambia la urgencia y el tipo de atención.

Otras manifestaciones comprometen las creencias sobre uno mismo o los demás. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y no deben interpretarse como conductas voluntarias. Los celos delirantes, por ejemplo, tampoco equivalen a los desacuerdos habituales de pareja. Cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación debe descartar primero una infestación real y otras causas médicas, entre ellas déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. Recién después se evalúa un diagnóstico psiquiátrico primario, y el abordaje depende de lo que aparezca en ese recorrido.

Vuelvo a la señora de la sala de espera, a la que nunca le pregunté el nombre. La semana siguiente me la crucé en la verdulería y me dijo que la consulta había servido, que al padre le habían detectado un problema en la vista que explicaba mucho de lo que pasaba, y que ahora seguía un plan con un equipo médico. No era un final de película, ni un milagro, ni una historia para asustar a nadie: era una vecina que decidió no quedarse callada, y ese es, me parece, el verdadero centro de esta nota.

EP

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