Cuando el corazón avisa sin gritar: las señales que muchas mujeres aprenden a ignorar
Una cardióloga británica advierte que el dolor en el pecho no es la única advertencia: el cansancio al subir escaleras, la indigestión nocturna o el dolor en la mandíbula pueden ser pedidos de auxilio del corazón, sobre todo después de la menopausia.
Lo confieso: hasta hace un tiempo yo también pensaba que un infarto se anuncia con esa presión en el pecho que muestran las películas, esa escena donde el hombre se agarra el esternón y se desploma en cámara lenta. Por eso, cuando me crucé con las declaraciones de la cardióloga Shrilla Banerjee, del Hospital London Bridge, entendí que durante años estuve mirando el problema con los ojos equivocados. La especialista se sentó ante un medio internacional y dejó una frase que me quedó dando vueltas: muchas mujeres llegan a la consulta pensando que lo que sienten es estrés, mala digestión o, directamente, los cambios hormonales de la edad. Y mientras tanto, el corazón viene pidiendo ayuda a los gritos, pero en un idioma que no reconocemos.
El dolor que aparece cuando el cuerpo se exige
Banerjee propone un patrón simple, casi de sentido común, que sin embargo puede cambiar la historia clínica de cualquiera: si el cansancio, la falta de aire o el dolor se repiten cada vez que hacemos un esfuerzo físico y no encontramos otra razón clara, hay que sentarse a pensar. Subir dos pisos por escalera, tender las sábanas, llevar las bolsas del súper: movimientos que antes no significaban nada y que de un día para otro empiezan a dejarnos exhaustas. Esa reiteración es la pista clave. No es una molestia aislada, es un mensaje que vuelve cada vez que el músculo cardíaco trabaja con poco oxígeno.
La cardióloga fue más allá y describió un mapa del dolor que rompe con la idea clásica del infarto. El malestar, explicó, puede ubicarse en la mandíbula, el cuello, los hombros, la espalda o uno o ambos brazos, incluso cuando no hay ninguna señal en el pecho. La explicación tiene una lógica casi escolar: cuando el corazón recibe menos sangre de la que necesita, dispara señales dolorosas hacia la médula espinal, y como esas vías nerviosas comparten conexiones con otras zonas del cuerpo, el cerebro termina registrando el aviso en un hombro o en un brazo. Es como si el corazón gritara y la médula, confundida, tradujera el grito en otro idioma.
Cuando el estómago miente y el cuerpo grita
Hay otra zona del cuerpo que suele engañarnos: el estómago. Banerjee contó el caso que más le sirve para explicar este punto, el de una paciente que durante semanas tuvo episodios de eructos y malestar digestivo, convencida de que se trataba de una cuestión gastrointestinal. La mujer terminó en un quirófano con stents colocados por una enfermedad coronaria seria, diagnosticada a tiempo gracias a un angiograma. La regla, entonces, es no dejar pasar la acidez o la indigestión cuando aparecen sin relación con las comidas o en horarios insólitos, por ejemplo, en plena madrugada. Si el estómago se descompone sin motivo aparente, el corazón puede estar hablando por su boca.
- Síntomas que justifican una consulta: cansancio o dolor que se repiten al hacer esfuerzo, molestias en mandíbula, cuello, hombros, espalda o brazos, indigestión o acidez sin causa clara, sobre todo de noche.
- Síntomas para ir directo a una guardia: sudoración fría, náuseas, mareos o sensación de pánico combinados con dolor o molestia en el pecho.
- Un dolor cardíaco no siempre es presión: también puede sentirse como puntadas o pellizcos, según la especialista.
- Después de la menopausia el riesgo sube: la caída de estrógenos cambia la presión arterial, el colesterol y favorece la grasa abdominal, por eso los controles periódicos son clave.
La menopausia como punto de inflexión
Hay un dato que Banerjee repite como un mantra y que me parece el más urgente de todos: después de la menopausia, el riesgo cardiovascular de las mujeres crece de manera sostenida. La caída de estrógenos no es una cuestión estética ni una queja pasajera, sino una transformación profunda que modifica la presión arterial, los niveles de colesterol y la forma en que el cuerpo acumula grasa, sobre todo en la panza. A esa altura de la vida, además, las señales del corazón se confunden con los malestares típicos del cambio hormonal, y la consulta con el cardiólogo se posterga una y otra vez. La recomendación de la especialista es taxativa: medir la presión y controlar el colesterol con regularidad, sin esperar a que algo duela para empezar a mirarse.
Yo, mientras escribo esta nota, pienso en mi vecina Marta, de 54 años, que el mes pasado me dijo al pasar que estaba cansada todo el tiempo, que le dolía la mandíbula cuando subía al colectivo y que por las noches tenía una acidez que no se explicaba. Marta fue a la guardia por otra cosa y terminó con un estudio programado que nunca se habría hecho si no tropieza con un médico curioso. La escena con la que abrí estas líneas, la del infarto cinematográfico con el hombre desplomándose, es una mentira cómoda: el corazón, sobre todo en las mujeres, avisa sin gritar, se esconde en un brazo, se disfraza de cena pesada y se esconde detrás del estrés. Y la única forma de estar a tiempo es aprender a leer esas pistas chiquitas, repetidas, que tantas veces dejamos pasar mientras le echamos la culpa a la vida.
