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Lunes, 19 de octubre de 2026
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Adentro de Roblox: lo que un padre ve cuando se anima a entrar y lo que descubre cuando ya está adentro

La divulgadora Julieta Schulkin recorrió la plataforma durante meses y asegura que prohibir sin entender solo empuja a los chicos hacia otros lados. Una guía para madres y padres que todavía miran Roblox desde afuera, escrita por alguien que se metió para contarlo.

Por Emanuel PaillalefSociedad · · hace 40 min
Adentro de Roblox: lo que un padre ve cuando se anima a entrar y lo que descubre cuando ya está adentro

Me acuerdo de la primera vez que escuché a mi sobrino, que tiene nueve años, hablar de Roblox como si fuera una plaza del barrio. No era un juego: era el lugar donde jugaba al fútbol con un amigo que vive a tres cuadras, donde se juntaba con el primo de Rosario y donde, según él, pasaba la mayoría de las tardes después del colegio. Me quedé callado, pensando que ese pibe de Realme había reemplazado algo que para mí fue la vereda, el potrero y la casa del compañero de la esquina. Ahí me di cuenta de que para entender qué hacen los chicos con esa plataforma había que meterse, aunque sea un rato, a mirar cómo funciona.

Roblox cumplió veinte años y sigue siendo uno de los rincones digitales más visitados por chicos y adolescentes. La periodista y divulgadora Julieta Schulkin publicó hace poco una investigación de largo aliento sobre el universo que arma la empresa y la advertencia que repite cada vez que puede es bastante directa: prohibir sin entender no resuelve nada y, en general, termina siendo peor.

No es un juego, es una plaza con economía propia

Lo primero que Schulkin se ocupa de desarmar es la confusión más típica de los adultos. Roblox no es un juego suelto, sino una plataforma enorme donde hay más de seis millones de experiencias creadas por usuarios y por empresas. Los chicos no entran únicamente a jugar: entran a encontrarse, a chatear, a pasar el rato y, en muchísimos casos, a ocupar el lugar que antes ocupaba la esquina o el club del barrio. Esa diferencia parece menor, pero cambia completamente la forma en que una familia debería pensarlo.

“Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien. Si un chico no puede usar Roblox, lo más probable es que migre a otra plataforma de diseño similar.”Julieta Schulkin, periodista y divulgadora

Los Robux y la diferencia entre los que pagan y los que no

Uno de los puntos que más sorprenden cuando uno se asoma es la economía interna. Roblox tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con plata real. Con esos Robux se consiguen cosas estéticas para el avatar, mascotas virtuales y servidores privados para jugar con un grupo reducido. Se puede usar la plataforma sin gastar un peso, pero la diferencia entre el que pagó y el que no se nota, y mucho. Schulkin lo describe sin vueltas como una reproducción de la estructura de clases que ya conocemos en la calle: adentro del juego también se nota quién tiene Robux y quién se pasa horas acumulando recompensas para acceder a lo mismo que el otro ya compró.

El otro punto que las familias suelen dejar pasar es la dimensión social. En Roblox los usuarios se siguen entre sí, suman seguidores y arman grupos de amigos, igual que en cualquier red social. La plataforma recomienda juegos según lo que juegan los contactos de cada chico, lo que la convierte en un ecosistema con lógicas muy parecidas a las de Instagram o TikTok, aunque sus responsables insistan en diferenciarla.

Entre los riesgos más serios está el grooming, es decir, la posibilidad de que adultos contacten a menores adentro de la plataforma. Es un problema real y documentado, y Schulkin no propone el rechazo automático sino la configuración activa: ajustar los controles de privacidad, revisar quién puede chatear con el menor y habilitar las restricciones de contacto. En buen criollo, se trata de que los padres hagan adentro de Roblox lo que harían si el nene jugara en la plaza del barrio: estar atentos, conocer con quién se junta y hablar antes de que el problema aparezca.

Cuando terminé de leer la investigación de Schulkin, volví a pensar en mi sobrino de nueve años, en cómo me contaba las aventuras que vivía ahí adentro con la misma emoción con la que yo a su edad volvía a casa contando un gol en el campito de la esquina. La diferencia es que su plaza hoy tiene servidores, Robux y millones de experiencias creadas por desconocidos. Y a los padres nos toca entrar, aunque sea de a ratos, para entender cómo funciona ese mundo antes de decidir si nuestros hijos pueden seguir jugando ahí o no. Lo que ya no sirve, dice Schulkin, es quedarse en la puerta mirando desde afuera mientras el chico se muda a otra plataforma igual de compleja y todavía menos conocida.

EP

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