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Una nube de lana cruda cuelga en el centro de una sala y cuenta la historia de los rebaños despreciados por la industria

La fotógrafa Laura Ferro exhibe en Fundación Larivière una investigación de diez años sobre la fibra que la industria merino patagónica descarta por considerarla un contaminante y la convierte en el corazón de una obra que cruza memoria familiar, paisaje y duelo.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 4 de septiembre de 2026 · hace 10 h

Cuando Laura Ferro abrió la puerta de Fundación Larivière, en Caboto 564, lo primero que vi fue esa nube negra colgada del techo, un amasijo de lana cruda, sin un solo tratamiento, que flota en el centro de la sala como si fuera el de un rebaño entero. Después aparecen las fotografías, muchas en blanco y negro, colgadas con austeridad, y un video que recorre la estepa patagónica sin animales, pelada, ventosa, con esa luz cruda del sur que parece sacada de un sueño. Eso es Lana negra, la muestra que la fotógrafa patagónica presenta en el centro porteño y que reconstruye, foto a foto, la historia de una fibra que la industria ovina desprecia y que su familia, durante generaciones, se empecinó en conservar.

La oveja que sobra

La tradición ovina de la que Ferro viene no es menor: su familia lleva al menos tres generaciones criando ovejas en la Patagonia, y su padre juntaba la lana negra que el mercado no quería pagar y se la entregaba a tejedoras artesanales de la zona, que con esas fibras oscuras armaban sweaters para el trabajo en el campo. El problema es comercial y muy concreto: en el circuito lanero patagónico manda el merino blanco, y una sola fibra oscura en un lote alcanza para que el fardo pierda valor. Por eso a las ovejas negras se las separa del rebaño apenas se las detecta, como si fueran una mancha, un error, un contaminante. La muestra parte exactamente de ahí, de ese descarte, y lo vuelve materia de investigación artística.

Ferro me contó que el punto de inflexión llegó después de la muerte de su padre. Lodefine todo una tarde en la que, ordenando cosas de la casa, encontró uno de esos sweaters negros tejidos a mano con la lana descartada, y al oler unas muestras de fibra que él guardaba en la mesita de luz entendió que ahí había algo pendiente, algo que tenía que explorar desde otro sitio. Ese es el origen de la nube que cuelga del techo: un objeto hecho con esa lana sin lavar, sin teñir, sin procesar, que funciona como una suerte de retrato material del padre muerto.

“Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también.”Laura Ferro, sobre la fotografía de las manos de su padre abriendo un vellón

Una herencia que se ve y se toca

La exposición, que reúne trabajo de los últimos diez años más material del álbum familiar, está armada de manera que al visitante le cueste distinguir qué foto es de 1924 y cuál es actual. Eso no es un truco: es parte de lo que Ferro quiere contar, que la memoria de los rebaños y la memoria de la familia son una sola cosa, se pisan, se confunden. Entre las piezas más impactantes está la fotografía de una oveja karakul de 1924, negra, pequeña, de perfil, mezclada entre blancas, que parece escapada de un archivo de la Sociedad Rural. Y están los retratos de las ovejas descartadas, las patas de los animales al lado de las botas del padre, el pelo canoso del hombre fundiéndose con el vellón, las manos grandes abriendo la lana sin esquilar como quien abre una puerta.

Lo que más me interesa de Lana negra, y se lo dije a Laura mientras recorríamos la sala, es que la artista no se queda en la denuncia ni en la nostalgia: propone una relectura del color. Lo que la industria llama lana negra, dice, no es un solo tono sino una escala de marrones, grises, castaños, vellones que bajo la luz del sur cambian de personalidad. La obra le devuelve a esa fibra su dignidad de paleta, su derecho a ser vista, y de paso le devuelve al padre de Laura, sin nombrarlo demasiado, un lugar en la historia de un oficio que en la Patagonia es tan antiguo como el viento. Salí de Caboto 564 pensando en esa nube oscura flotando en medio de Buenos Aires, hecha con lo que nadie quiso comprar, convertida por una hija en el centro exacto del mundo.

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