Una métrica para saber si el cuerpo y la cabeza siguen funcionando juntos
La capacidad intrínseca es un puntaje que combina cognición, movilidad, sentidos, ánimo y energía. La formalizó la OMS en 2015 y ahora varios ensayos clínicos intentan validarla como herramienta de seguimiento y como posible criterio para aprobar medicamentos contra el envejecimiento.
Leí esta semana sobre una idea que me pareció de esas que cambian la manera de pensar la medicina, y quiero compartirla porque nos toca a todos, aunque todavía no haya llegado a la mayoría de los consultorios. La Organización Mundial de la Salud, allá por 2015, formalizó un indicador llamado capacidad intrínseca, que es básicamente un puntaje que reúne cinco dimensiones del funcionamiento humano en lugar de quedarse con una sola enfermedad puntual. La propuesta es ambiciosa: medir la salud de una persona mayor con un número que combine cuerpo y mente al mismo tiempo.
Las cinco dimensiones que entran en el cálculo
Lo que mide este indicador no es si alguien tiene diabetes o hipertensión, sino qué tan bien funciona el organismo en su conjunto. Para eso agrupa cinco subdominios que los investigadores de longevidad vienen siguiendo de cerca:
- Cognición: la capacidad de pensar, recordar y resolver problemas cotidianos.
- Locomoción: fuerza muscular y movilidad, sobre todo la velocidad al caminar y la fuerza de agarre con la mano.
- Capacidad sensorial: visión y audición, dos sentidos clave para mantener la autonomía.
- Bienestar psicológico: estado de ánimo y presencia o no de síntomas depresivos.
- Vitalidad: energía general y tolerancia al esfuerzo físico.
Varias de esas pruebas ya se usan en los consultorios de geriatría. Lo que cambió es la idea de combinarlas en un único índice y, sobre todo, la de seguirlo a lo largo del tiempo, como se sigue la presión arterial o el colesterol. John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y uno de los que empujaron el concepto desde sus inicios, lo resumió con una frase que me quedó dando vueltas: "Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad." Es decir que se puede ver el deterioro antes de que se transforme en una enfermedad grave, y ahí está la ventana para actuar.
En Francia ya hay un ensayo en marcha en el que adultos mayores completan cuestionarios periódicos sobre su capacidad intrínseca y reciben recomendaciones personalizadas. Si el puntaje baja, los derivan a un médico o a un especialista en geriatría para estudios más profundos. Los resultados todavía no son concluyentes, pero la lógica es la de siempre en medicina: detectar temprano para intervenir temprano. En paralelo, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos financia un programa que busca demostrar que ese puntaje refleja de verdad cómo se siente y funciona una persona, y que puede mejorar con cosas tan concretas como el ejercicio o con fármacos que ya están en el mercado.
¿Por qué importa esto en la vida cotidiana? Porque si el indicador termina validándose, no será lo mismo ir al médico y que le digan a uno que "está bien para su edad" que tener un número concreto que muestre si la memoria, el equilibrio, la fuerza y la energía están manteniéndose estables o cayendo. Para los lectores de cuarenta, cincuenta y sesenta años que me acompañan, la idea es potente: todavía no forma parte de los controles de rutina, pero ensayos clínicos en curso buscan convertirlo en herramienta de seguimiento y hasta en criterio para aprobar medicamentos dirigidos al envejecimiento. Es, en el fondo, una manera de correrse del enfoque tradicional, centrado en diagnosticar patologías, para observar cómo funciona el organismo entero antes de que algo se rompa.
