Un gigante Art Déco que no quiso ser palacio y terminó reinando sobre la CDMX
El Monumento a la Revolución de la capital mexicana es, según los registros, el arco triunfal más alto del mundo: 67 metros de altura, mirador a 65,7 metros y un subsuelo que conserva la cimentación de un proyecto que nunca se terminó.
Le voy a ser sincero: cuando me crucé por primera vez con la silueta del Monumento a la Revolución pensé que estaba viendo un edificio de oficinas con onda retro, nada más. Error mío, y de los grandes. Porque esa mole de metal, piedra y símbolos que se recorta contra el cielo de la Cuauhtémoc no es ni un rascacielos ni un templo: es un arco triunfal. Y no uno cualquiera: está citado en varias fuentes como el más alto del mundo, con sus 67 metros de punta a punta, lo que lo pone a la altura de construcciones que uno asocia a París o a Roma, pero con ADN cien por ciento mexicano. La dirección es Plaza de la República s/n, a metros del Paseo de la Reforma, con bajada directa desde la estación Revolución del Metro, así que llegar es de lo más sencillo.
Lo que más me gusta de este lugar es su historia de Frankenstein a la inversa. O sea, en vez de armar un monstruo con partes de cuerpos despiezados, acá tomaro un palacio que nunca llegó a existir y lo reconvirtieron en monumento. Me lo contó mientras recorríamos la planta baja Joaquín, uno de los guías del Museo Nacional de la Revolución, con esa paciencia que tienen los pisteros cuando uno pregunta obviedades: la primera piedra se puso en septiembre de 1910, en el arranque mismo del porfiriato tardío, como sede del Palacio Legislativo Federal. Las obras quedaron suspendidas en 1912, cuando la Revolución se llevó puesta la partida presupuestaria. Veinte años estuvo la estructura ahí, como un esqueleto sin destino, hasta que en 1933 el arquitecto Carlos Obregón Santacilia la tomó, la limpió de polvo y maleza y le dio una segunda vida con estética Art Déco. Conservó la cúpula original, retuvo los cuatro pilares y les sumó los grupos escultorios de Oliverio Martínez que hoy identifican a cada columna: Independencia, Leyes de Reforma, Leyes Agrarias y Leyes Obreras.
Tres capas para un mismo edificio
- Planta baja: Museo Nacional de la Revolución, abierto desde 1986, con ocho salas permanentes y una temporal que recorren el período 1857-1920 entre documentos, fotografías, banderas e insignias.
- Subterráneo: descenso guiado hasta los sectores de cimentación del antiguo palacio, una visita menos transitada pero muy útil para entender la escala original del proyecto.
- Cubierta: elevador panorámico hasta el mirador, a 65,7 metros, con vista de 360 grados sobre la CDMX, ideal para ubicar Reforma, el Centro Histórico y las colonias de los alrededores.
Hay un cuarto uso que a veces se olvida cuando uno va pensando solo en la postal: el monumento funciona como mausoleo de figuras clave del siglo XX mexicano. En sus criptas descansan los restos de Venustiano Carranza, Francisco I. Madero, Plutarco Elías Calles, Francisco Villa y Lázaro Cárdenas. Joaquín me señaló que mucha gente entra al museo sin saber esto y se sorprende al cruzar la sala de los féretros. No es un recorrido lúgubre, me aclaró, está planteado con respeto histórico más que con tono funerario.
Para quien lo tiene en carpeta, el consejo práctico es el de siempre en estos lugares verticales de gran ciudad: madrugar. El mirador tiene capacidad acotada y a media mañana se forma fila. Si la idea es bajar a la cimentación original, ahí sí conviene reservar tour con guía, porque no todas las semanas se abren los sectores inferiores al público general. Y un detalle menor pero útil: la zona de la Plaza de la República es un buen punto de arranque para extender la caminata por Reforma hasta el Ángel, sobre todo al atardecer, cuando la torre del monumento empieza a prenderse y se entiende por qué los locales la miran con cariño, no solo con orgullo cívico.
