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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Rodillas que crujen en el gimnasio: los vicios de técnica que las rompen en silencio y cómo empezar a corregirlos hoy mismo

Un estudio reciente seguidas a 377 adultos durante dieciocho meses vuelve a poner la lupa sobre un tema que muchos del hierro prefieren pasar por alto: la rodilla perdona menos que cualquier otra articulación, y cuando la técnica falla, ninguna polea ni pesa la salva. Recorremos los fallos más comunes con la mirada puesta en quienes pisan el gimnasio después de los cuarenta.

Por Emanuel PaillalefSociedad · · hace 1 d
Rodillas que crujen en el gimnasio: los vicios de técnica que las rompen en silencio y cómo empezar a corregirlos hoy mismo

Soy Emanuel Paillalef y esta nota la empecé el otro día en un gimnasio de Núñez, cuando vi a Daniela, 52 años, rehacer por tercera vez una sentadilla con la cara transformada por el esfuerzo y las rodillas apuntando una hacia la otra como si quisieran susurrarse un secreto. No era un secreto: era valgo dinámico, el error más común y, según el trabajo publicado en febrero de 2026 en Arthritis Care & Research, también el más dañino. La investigación siguió durante dieciocho meses a 377 adultos con problemas de rodilla y llegó a una conclusión incómoda para los idos al hierro: la musculatura protege hasta donde la técnica se lo permite, y cuando la técnica falla, ni el cuádriceps más pintado alcanza.

El colapso hacia adentro y otras tres trampas que la rodilla paga con dolor

La fisioterapeuta Casey Lee lo describe sin rodeos: cuando la rodilla se va hacia el centro en lugar de mantener la línea de los dedos del pie en sentadillas, zancadas o prensa, la articulación soporta cargas muy por encima de las que fue diseñada para tolerar. La corrección más casera es mirarse a un espejo mientras se entrena, mantener las rodillas alineadas con las puntas de los pies durante todo el recorrido y, sobre todo, no apurarse en favor de más peso. Si el patrón insiste pese a la práctica consciente, puede estar hablando de un tobillo rígido o de un glúteo medio dormido, y ahí la consulta con un especialista deja de ser optativa.

El segundo lugar del podio lo ocupa la movilidad del tobillo, esa articulación a la que casi nadie le presta atención hasta que la rodilla empieza a quejarse. Cuando el tobillo pierde amplitud, la rodilla tiende a pasar la línea de los dedos en la zancada y el talón gira hacia adentro, generando una torsión en la tibia que se siente como un tirón incómodo y termina como una tendinopatía. La prueba casera es tan simple como humillante: parado a unos diez centímetros de una pared, con la punta del pie apoyada en ella, se intenta tocar la pared con la rodilla sin despegar el talón. Si no se llega, dice Lee, hay que ampliar el paso y reducir el rango hacia adelante hasta recuperar rango de tobillo.

  • Colapso de rodillas hacia adentro: corregir frente al espejo, rodillas alineadas con los dedos del pie; si persiste, consultar por rigidez de tobillo o glúteo medio débil.
  • Tobillo rígido: trabajar la dorsiflexión a diario, ampliar la zancada y bajar el rango hacia adelante.
  • Parar de entrenar al primer dolor: reemplazar el reposo absoluto por recuperación activa, con estiramientos, foam roller, sentadillas isométricas contra la pared y, si se puede, sesiones en el agua.
  • Calzado gastado o inadecuado: reponer cada seis a doce meses según el uso, revisar la suela y consultar a un especialista para definir el tipo de pisada.

El tercer gran error es el que más cuesta desinstalar a los cuarenta, cincuenta, sesenta: dejar de entrenar en cuanto aparece la primera molestia. La fisioterapeuta es categórica al respecto: el reposo absoluto calma los síntomas por un rato, pero debilita los músculos que sostienen la articulación y nos deja más expuestos a las caídas, que a esa edad se llevan puesto mucho más que un trofeo. La salida, insiste, es un plan de recuperación activa con estiramientos, trabajo con rodillo de espuma, sentadillas isométricas en la pared y, sobre todo, agua: el ejercicio acuático permite ganar fuerza con un impacto muchísimo menor sobre la articulación.

El cuarto ítem es el que más fácil se pasa por alto, y sin embargo aparece una y otra vez en los consultorios: el calzado. Un par de zapatillas gastadas, con la suela chata o con la amortiguación agotada, convierte cualquier sentadilla en un castigo para la rodilla, y no hay técnica que lo resista. En ese tramo del material se mencionan dos factores adicionales que inciden de forma significativa y que no podemos desarrollar acá, pero la regla práctica es simple: reponer el calzado cada seis a doce meses según el uso, revisar que la suela no esté vencida y, si la molestia persiste, dejarse asesorar por un especialista para definir qué tipo de pisada tenemos.

La salida, casi siempre, es volver a empezar

Antes de cerrar la nota volví a la sala de musculación de Núñez para despedirme de Daniela, que terminó su serie de sentadillas con las rodillas un poco menos juntas que al principio y una sonrisa de costado, como quien sospecha que el espejo le va a cobrar la deuda. No es poco: modificar un patrón que se viene arrastrando desde hace años lleva tiempo, paciencia y, sobre todo, la humildad de empezar por la técnica antes que por la carga. Las rodillas, después de todo, son las únicas herramientas que tenemos para pararnos todos los días frente al espejo del gimnasio y frente al espejo de la vida, y se merecen que las tratemos con el mismo cuidado con el que tratamos a las personas que más queremos.

EP

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