Por qué el que siempre contiene a todos puede terminar sus años rodeado de nadie
Un perfil paradojal que la psicología clínica describe con frecuencia: personas competentes, hiperconectadas y siempre disponibles que, al cruzar los 60, descubren que su red de afectos se había sostenido más en lo que brindaban que en lo que recibían. Especialistas consultados explican cómo se arma ese patrón y qué se puede hacer para revertirlo antes de que sea tarde.
Lo conocí a Mabel en la cola de la farmacia de un barrio porteño, hará un par de meses. Tenía 62 años, el pelo canoso recogido con un prendedor y la mirada despierta de quien lleva décadas resolviendo cosas ajenas. Me contó, mientras esperábamos que el kiosquero le pasara la receta, que acababa de pasar su primera Navidad sola en muchos años. Sus tres hijos habían viajado, sus amigas estaban con sus propias familias y ella, que durante toda la vida había sido la columna de todos, se quedó mirando la pantalla del teléfono esperando un mensaje que no llegó. No era una queja: era la descripción, casi aséptica, de alguien que empieza a notar algo que la psicología clínica viene estudiando hace rato.
Porque llegar a los 60 sin un círculo íntimo de apoyo no suele ser, ni por asomo, señal de torpeza social. Tampoco de mala suerte. Lo que describe la literatura especializada es un perfil aparentemente opuesto al del aislamiento: personas que fueron el pilar de sus familias y de sus entornos durante décadas, siempre listas para escuchar, mediar en un conflicto, derivar a un especialista, cocinar en un duelo o financiar una urgencia. El problema, explican los psicólogos clínicos que trabajan con adultos mayores, no es la falta de vínculos sino la calidad de esos vínculos, algo que muchas veces se descubre demasiado tarde.
El "cuidador compulsivo": identidad construida sobre la disponibilidad
En el consultorio, los especialistas lo llaman cuidado compulsivo: la tendencia a armar la propia identidad alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese lugar escucha, aconseja, contiene y resuelve con una frecuencia que no es casual, sino estructural. La contracara es casi invisible: rara vez recibe la misma atención de vuelta. Y con el paso de los años, el entorno va naturalizando esa asimetría. La persona fuerte, dice la lógica de los vínculos cotidianos, no necesita ayuda; simplemente está ahí para darla.
El mecanismo se vuelve inocultable cuando las circunstancias cambian. Una salida del mercado laboral, una mudanza, un duelo propio, una separación o cualquier crisis que saca a esa persona del lugar de dador habitual expone algo incómodo: buena parte de la red estaba sostenida por la utilidad funcional que ella misma aportaba. Acceso a contactos, manejo de trámites, capacidad de gestión, oficio emocional. Cuando esa utilidad se interrumpe, los contactos se espacian y la red se va adelgazando sin que haya mediado un solo conflicto explícito.
En la calle, mientras caminaba hacia el colectivo, recordé a Mabel y a otros como ella que fui cruzando a lo largo de estos años en coberturas sobre envejecimiento, salud mental y vida cotidiana de los adultos mayores. Personas queridas, respetadas, requeridas. Pero también, demasiadas veces, solas. La recomendación que repiten los psicólogos clínicos es directa y tiene algo de urgencia amable: cuanto antes se toma conciencia del patrón, más tiempo queda para construir relaciones de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice alrededor de la jubilación o de cualquier otro cambio de etapa. Reconocer que uno también necesita no es debilidad: es, probablemente, la forma más adulta de seguir cuidando.
