Lunes, 7 de septiembre de 2026
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Por qué el abdomen se resiste aun cuando uno hace las cosas bien: lo que dice la evidencia y lo que se ve en la calle

La grasa abdominal no se reduce solo con abdominales ni con dietas aisladas: la genética, las hormonas, el sueño y la combinación sostenida de hábitos marcan la diferencia. Un recorrido por lo que muestra la ciencia y por lo que cuentan quienes llevan años intentándolo.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 7 de septiembre de 2026 · hace 4 h

Lo confieso: durante años formé parte de ese club enorme de gente que mira el abdomen en el espejo con fastidio, se promete que esta vez sí, suma abdominales como si fueran a pagar deudas y termina la semana comiendo galletitas a las once de la noche, sin entender bien por qué el cuerpo no obedece. La respuesta, según lo que viene acumulando la literatura médica, es que el abdomen tiene vida propia dentro del organismo y que no obedece al esfuerzo aislado de un solo hábito. Para entender por qué esa zona se vuelve tan caprichosa hay que mirar al menos cuatro frentes al mismo tiempo: qué comemos, cómo nos movemos, cómo dormimos y qué carga traemos escrita en los genes.

El cuerpo no elige de dónde sacar la grasa

El primer dato que suele caer como baldazo de agua fría es el más básico: el organismo no decide, por propia voluntad, de qué zona toma la grasa que necesita gastar como energía. La explicación fisiológica es directa: el abdomen acumula dos tipos de tejido adiposo bien diferenciados. Está el subcutáneo, ese que queda justo debajo de la piel y que uno puede pellizcar con los dedos, y está el visceral, más profundo, que se instala alrededor de órganos como el hígado, el páncreas y el intestino. El segundo es el más silencioso y, a la vez, el más preocupado por la comunidad médica, porque se asocia de manera consistente con mayores riesgos cardiovasculares y metabólicos.

Los ejercicios localizados, y ahí entran las abdominales clásicas, las oblicuas y toda la familia, cumplen un rol muy concreto: fortalecen la musculatura, mejoran la postura y aportan tonicidad. Lo que no hacen, por más voluntad que se les ponga, es determinar de qué parte del cuerpo se pierde grasa. Por eso es posible que alguien gane firmeza en la zona media sin ver una reducción visible del volumen. Y por eso también la genética, la edad y los patrones hormonales individuales hacen que dos personas con rutinas muy parecidas registren cambios tan distintos: el cuerpo de cada uno prioriza depósitos diferentes.

Dormir mal también engorda la cintura

Hay un factor que muchos subestiman y que la evidencia empezó a poner sobre la mesa con números concretos: el sueño. Un estudio de Mayo Clinic encontró que restringir las horas de descanso se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, comparado con condiciones controladas. Como si fuera poco, dormir menos altera los mecanismos del hambre y la saciedad, lo que vuelve más difícil sostener cualquier estrategia alimentaria en el tiempo.

La combinación que mejor funciona

Si hay un hallazgo que resume qué camino tomar, lo aporta un estudio publicado en JAMA Network Open que siguió a más de 7.000 adultos durante un promedio de 7,2 años. La conclusión fue clara: mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física al mismo tiempo se asocia con menor acumulación de grasa visceral. El grupo que logró las mayores mejoras conjuntas presentó 149 gramos menos de grasa visceral al final del seguimiento, una cifra que no es menor cuando se habla de tejido metabólicamente activo.

En el barrio donde me crié, en el conurbano bonaerense, me crucé la semana pasada con Marta, 54 años, administrativa en una empresa de logística y veterana de mil dietas. Me lo dijo mientras esperábamos el colectivo: Yo hago caminata cuatro veces por semana, como bastante mejor que hace diez años y el abdomen no me baja. Lo que sí cambió es la cintura del pantalón y los análisis de glucemia, me dijo. Su experiencia, sin saberlo, replica lo que muestra la evidencia: medir el progreso solo por el espejo suele distorsionar la evaluación. La evolución de la fuerza, la continuidad de los hábitos y los cambios en la circunferencia de cintura ofrecen una lectura mucho más completa del proceso.

La orientación que surge de todo esto apunta a estrategias que articulan alimentación, movimiento y descanso de forma sostenida en el tiempo, no a soluciones exprés. El abdomen, cuando empieza a ceder, lo hace como parte de un proceso más amplio que incluye cambios que a veces ni se ven en la balanza. Entenderlo ayuda a sostenerlo, y sostenerlo, a la larga, es lo que termina moviendo la aguja.

EP

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