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Plottier, una profesora, un lote con yuyos y la cosecha que se volvió almendra artesanal

Teresita Peláez plantó sus primeros almendros en 2013 sobre un terreno baldío a orillas del río Limay. Hoy, a sus 62 años, comercializa almendras naturales, tostadas y harina en un pequeño emprendimiento que la ayudó a sobrellevar un cáncer durante la pandemia.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 31 de agosto de 2026 · hace 1 h

Llegué a Plottier en una mañana tibia de primavera y entendí enseguida por qué Teresita Peláez se quedó. La casa queda en el barrio Piscicultura, a pocas cuadras del río Limay, y el aire trae esa mezcla de tierra húmeda y verde que parece empujarte a caminar despacio. Teresita me recibió con la misma calma con la que, imagino, habrá visto crecer sus almendros en estos últimos diez años.

Un terreno que empezó con malezas

La hectárea que hoy aloja almendros, aromáticas, una huerta y hasta un invernadero fue, hace casi dos décadas, un lote cubierto de yuyos. Teresita tenía 62 años y todavía era profesora de Biología cuando, en 2013, decidió plantar los primeros árboles en el mismo lugar donde el alambrado se había roto y la maleza volvía a ganar terreno. La decisión la tomó después de conversar con Silvana Moschini, ingeniera del Centro PyME local, que la orientó en el manejo del riego y del suelo. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", resume Teresita con una sonrisa que todavía parece la de alguien que descubre algo.

Lo que arrancó como una forma práctica de mantener la tierra ocupada fue mutando de a poco. En 2015 sumó un segundo cuadro de plantación, y con el tiempo el proyecto dejó de ser un pasatiempo para convertirse en Almendras del Limay, un emprendimiento chico y absolutamente artesanal en el que Teresita participa de cada etapa: poda, fertilización, cosecha y empaquetado. La acompaña desde hace un tiempo José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al trabajo diario. "Es muy artesanal", repite Teresita como si esa fuera la mejor definición que encontró.

  • Almendras naturales, sin agregado de sal ni azúcar, listas para consumir o usar en repostería.
  • Almendras tostadas y saladas, pensadas como snack.
  • Almendras garrapiñadas, con un baño de caramelo casero.
  • Harina de almendras, un subproducto que Teresita ofrece para quienes cocinan sin harinas comunes.
  • Miel y productos de la huerta y del invernadero, que se fueron sumando con los años.

La pandemia le cambió el ritmo a todo. En esos meses Teresita construyó un invernadero propio y, al mismo tiempo, empezó un tratamiento contra el cáncer. "No sabía si iba a poder seguir", me dijo mirando los almendros como si ellos tuvieran la respuesta. Las tareas cotidianas en la tierra se volvieron entonces algo más que trabajo: fueron, en sus propias palabras, una manera de sostenerse mientras el cuerpo peleaba por afuera. "No sa…", dejó picando la frase, y entendí que prefería no redondearla.

Cuando me fui, el sol ya pegaba fuerte sobre los almendros y Teresita seguía ahí, como tantas mañanas, con la misma paciencia con la que vio pasar las malezas, las clases, la enfermedad y las cosechas. Almendras del Limay no es un negocio más en la zona: es la huella de una mujer que decidió transformar un terreno baldío en un pequeño ecosistema donde la tierra le devolvió, con creces, todo lo que ella le dio.

EP

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