Jueves, 3 de septiembre de 2026
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La vuelta al mundo en silla de ruedas: la amistad que cruzó cuatro continentes sin mirar los escalones

El australiano Fletcher Crowley se fracturó dos vértebras a los 17 años y hoy recorre el planeta junto a su amigo Lachie Bennett. Esta es la historia de tres meses por Europa, Asia, África y América del Sur, con 268 escalones cargando a upa, buceo con tiburones y un lema que se hizo viral.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 3 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Lo vi por primera vez en un video corto, de esos que aparecen en cualquier pantalla y uno scrollea sin pensar. Pero esta vez me quedé mirando: un chico de unos treinta años, sentado en una silla de ruedas, con una sonrisa enorme, de pie sobre una formación rocosa en medio de la selva brasileña, y atrás, su amigo cargando la silla en un cuatriciclo. Algo en esa imagen me agarró de la nuca y no me soltó. Me puse a investigar quién era ese pibe, y la historia que encontré me parece una de esas que vale la pena contar bien contada, porque tiene amistad genuina, tiene un accidente que partió una vida al medio y tiene, sobre todo, una decisión: la de no quedarse quieto.

Fletcher Crowley tenía 17 años cuando se fracturó dos vértebras en un accidente de ciclismo de montaña. La lesión lo dejó parapléjico. Puede ponerse de pie y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo agota en cuestión de minutos, así que su vida cotidiana se mueve sobre cuatro ruedas. Lo que no se le agotó fue la cabeza: las ganas de conocer mundo, de probar cosas nuevas, de meterse en líos lindos. Y del otro lado apareció Lachie Bennett, un amigo de toda la vida que trabaja como terapeuta en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares, justamente el mismo lugar donde los dos se reencontraron después de haber compartido el colegio de chicos.

Una cena de turno nocturno y un plan que se fue de escala

Cuenta la crónica que la amistad se consolidó durante una cena en un turno nocturno del centro. Ahí descubrieron que compartían mucho más que la historia escolar: les gustaba la misma música, la misma ropa, el vértigo de conocer gente nueva, y los dos habían pasado por episodios de ansiedad y habían aprendido, cada uno a su manera, a domeñarlos. Esa coincidencia más íntima, la de saberse parecidos por dentro, fue el cemento que después sostuvo lo que vino después.

El viaje grande arrancó casi de chiripa. Iban a planear una escapada corta, de un par de semanas, y se cruzaron con una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas. La compraron sin pensarlo mucho, casi como quien se deja tentar por un impulso del que después se acuerda toda la vida. El itinerario terminó siendo una vuelta completa al planeta: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Tres meses. Cuatro continentes. Una silla de ruedas.

Los 268 escalones del Gran Buda y otras heroicidades cotidianas

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan hasta el Gran Buda. Los dos coinciden en que llegar arriba fue un momento surrealista.
  • En Suiza, una familia que los seguía por redes sociales los invitó a quedarse en su casa, sin más.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza.
  • En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo, con la silla atada atrás y el paisaje comiéndoselos.
  • En Sudamérica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente, tres cosas que a cualquiera le aceleran el pulso, y más todavía desde una silla.

No todo fue épico ni fotogénico. La logística, aclaran, fue la parte menos glamorosa del viaje. Algunos lugares directamente no estaban preparados para una silla de ruedas y tuvieron que buscar rutas alternativas, o directamente apelar al recurso más artesanal: que Lachie llevara a Fletcher a upa. Puede sonar a aventura extrema, pero la mayoría de las veces era pura paciencia: un poco más de planificación, un poco más de tiempo, y tarde o temprano aparecía la manera de que casi todo funcionara.

“Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Al principio la plata salió de los ahorros de cada uno. Cuando empezaron a subir videos a las redes, la respuesta fue tan grande que montaron una campaña de micromecenazgo que les dio aire para ser más espontáneos sobre la marcha. Buena parte del alojamiento se resolvió gracias a desconocidos que los contactaban después de verlos en Internet, otro efecto inesperado de mostrar la travesía en vivo y en directo.

Un lema que se hace carne

La frase que los identifica es corta y se pega: El mundo no es accesible, nosotros lo somos. Es una declaración de principios pero también un manual de uso: pone la responsabilidad del lado de quien viaja, no del lado del destino. Y si uno mira los números fríamente, el balance es contundente. Una silla de ruedas, una mochila, un amigo terapeuta, 268 escalones cargados a upa, un buceo con tiburones, un parapente, un safari, una vuelta al mundo en tres meses y una frase que se volvió bandera.

Vuelvo a la imagen del principio, la que me frenó el pulgar en la pantalla: Fletcher parado arriba de una roca en la selva brasileña, con la silla atrás y Lachie acomodando cosas a su lado. Esa foto, mirándola con más calma, resume todo. No hace falta tener un cuerpo perfecto para pararse en lugares imposibles. A veces alcanza con tener un amigo que te banque, una decisión tomada y muchas ganas de que el mundo te vea pasar.

EP

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