La vida que uno vive y la vida que eligen otros: dos preguntas para empezar a pensar antes de decidirse
El filósofo Ira Bedzow, de la Universidad de Emory, propone un ejercicio simple pero incómodo para distinguir qué deseos son propios y cuáles heredados. La idea, respaldada por un metanálisis, es que las metas alineadas con valores genuinos se persiguen con más esfuerzo y reportan mayor bienestar.
Lo veo todas las semanas en el café de la esquina, ese que queda a dos cuadras de casa y que ya es una extensión del living. La gente habla de lo que va a estudiar, del trabajo que aceptó o del que rechazó, de la pareja que le presentaron, del viaje que le vendieron como pendiente. Y habla, sobre todo, de lo que los demás esperan de cada uno. Es raro: cuesta encontrar a alguien que se siente a decir, sin más, qué es lo que genuinamente quiere. Por eso me llamó la atención lo que plantea Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory. Su propuesta es tan simple como incómoda: hacerse dos preguntas antes de tomar cualquier decisión importante. La primera, de respuesta casi automática: ¿de quién es la vida que estás viviendo? La segunda, la que genera más resistencia: ¿quién debería determinar cómo vivís? Ahí, según Bedzow, aparece la zona donde se mezclan los deseos propios con las presiones familiares, sociales y culturales. Y es justamente la zona que conviene revisar antes de seguir adelante.
Por qué cuesta tanto inventar el propio camino
Bedzow lo resume con una frase que atraviesa generaciones enteras. "Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo", señaló. Esa comodidad, dice el filósofo, tiene su costo: muchas personas terminan viviendo según un guion ajeno, sin haberlo elegido de manera consciente. No es un tema menor. Un metanálisis de Sezer y colaboradores encontró que quienes persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a progresar más y a registrar niveles mayores de bienestar. El contraste aparece del otro lado: los que orientan sus decisiones por expectativas parentales, por presión de estatus o por miedo a la culpa suelen sentir que avanzan, pero el motor interno no termina de encender del todo. La diferencia no está en escuchar a los demás, aclara Bedzow, sino en quién se queda con el control final de la decisión. Escuchar a un colega sobre una oferta laboral, o dejar que un amigo cuestione una idea sobre una relación, puede abrir los ojos. Otra cosa es entregarles el volante y quedarse mirando por la ventanilla.
El ejercicio de Bedzow, paso a paso
- Reconocer la decisión pendiente y formularla con la mayor precisión posible, sin adornarla ni disfrazarla.
- Preguntarse de quién es la vida que se está viviendo hasta ahora: trabajo, pareja, lugar donde se vive, rutina diaria.
- Preguntarse quién debería decidir cómo se vive en cada uno de esos planos, empezando por uno mismo.
- Identificar qué partes de la respuesta obedecen a convicciones propias y cuáles a mandatos externos, explícitos o sutiles.
- Poner en práctica la autorreflexión primero en decisiones de bajo riesgo, para ganar criterio antes de las grandes apuestas.
Insisto en esto último porque me parece clave, y lo subrayo porque suele ser el paso que todos se saltean. Bedzow es claro al respecto: la autorreflexión que él propone no es introspección sin destino. "No significa mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados", explicó. Practicarla en lo cotidiano, en qué estudiar, en cómo organizar el tiempo, en qué decir y qué callar, prepara el cuerpo y la cabeza para cuando haya que elegir, por ejemplo, dónde vivir, con quién o cuándo dar un giro profesional. Así, las dos preguntas no funcionan como un test de una sola vez, sino como un hábito de pensamiento que se va afinando con el uso.
Hay otro ángulo que vale la pena traer, y que el propio Bedzow rescata. La filósofa Susan Wolf sostiene que el sentido de una vida no surge solo de aquello que a uno se le antoja, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso. La pregunta, entonces, no termina en si lo que uno quiere es lo que desea: también pasa por preguntarse si lo que se busca merece ser buscado. Es un matiz que cambia la conversación, porque desplaza la decisión del campo del capricho al de la responsabilidad personal. En la mesa del café lo veo todo el tiempo: gente que se queja de lo que eligieron, pero que cuando uno preguntales si fue su decisión, la respuesta vuelve rápido y honesta. No siempre fue propio. Reconocerlo es el primer paso. Hacerse cargo de los deseos propios, filtrar las presiones de los demás y decidir desde valores genuinos es, según la evidencia que repasa Bedzow, la forma más concreta de vivir un poco más en carne propia.
