La industria trabaja con cuatro de cada diez puntos de su capacidad apagados y la informalidad gana terreno como salida laboral
El INDEC marcó una utilización del 58,5% en agosto. Sectores con fuerte demanda de mano de obra, como calzado e indumentaria, sienten la presión de los importados y el peso de un costo laboral en dólares que duplica al de Brasil. Cuando se pierde el empleo formal, las changas y los trabajos sin aportes aparecen como la opción más frecuente.
La industria manufacturera argentina operó en agosto al 58,5% de su capacidad instalada, un dato difundido por el INDEC que dejó más de cuatro de cada diez puntos de su potencial productivo sin activar. La cifra muestra una leve mejora respecto del 58,2% de julio, pero se ubica por debajo del 59% registrado en el mismo mes del año anterior, según los registros oficiales.
Calzado e indumentaria, los más golpeados
En los rubros que concentran mayor cantidad de trabajadores, como el calzado y la indumentaria, la presión se intensifica por la competencia de productos importados, sobre todo de origen asiático. En el sector se repite una comparación que describe el problema con precisión: el costo laboral en dólares de un trabajador argentino en el mismo puesto equivale al doble que el de un empleado brasileño. A esa brecha se suma la carga tributaria: los impuestos a la industria en Brasil son, según los propios relevamientos empresarios, un 35% más bajos que los que rigen en la Argentina, lo que limita la capacidad local de competir por precio.
El cuadro se completa con un dato que las recorridas provinciales confirman: cuando una fábrica reduce turnos o cierra una línea, el operario que queda fuera del empleo formal no siempre consigue reinsertarse en un puesto equivalente. El comercio minorista, otra puerta de entrada al trabajo registrado, también muestra síntomas de enfriamiento. Así, la salida más mencionada por los propios protagonistas es la informalidad: changas, tareas discontinuas y ocupaciones sin cobertura social ni jubilación.
El crédito caro frena la inversión
A esa combinación se agrega un factor transversal: el acceso al crédito. Con tasas todavía elevadas y financiamiento escaso, las empresas que sobreviven postergan inversiones productivas, lo que reduce la posibilidad de tomar personal nuevo o, incluso, de sostener las dotaciones actuales. En visitas a polos fabriles de la provincia de Córdoba —Río Cuarto, Bell Ville y Marcos Juárez entre ellos— la preocupación se repitió con pocas variaciones en cada parada.
Para dimensionar el impacto sobre una unidad chica, basta con un ejercicio simple: una pyme que en agosto produjo con cuatro de cada diez máquinas detenidas difícilmente podrá pagar turnos extra, actualizar salarios por encima de la inflación o reponer una baja sin resentir su estructura de costos. Si a eso se le suma la imposibilidad de financiarse para comprar un bien de capital, el margen para sostener el empleo formal se reduce a la mínima expresión.
Lo que cuentan en el taller
En la charla cotidiana con quienes todavía pisan la fábrica todos los días, la descripción coincide con los números. “Cuando cae una línea, el operario termina arreglando una moto o vendiendo ropa usada en la feria”, resume un dueño de un taller de indumentaria del interior bonaerense que prefirió no dar su nombre. Esa frase, repetida con distintos matices en distintos rubros, sintetiza el tramo final del recorrido: el de la persona que pasa de estar en relación de dependencia a vivir de changas, sin aportes y sin red de contención.
