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Joshua Slocum, el hombre que le ganó al mundo a vela y se perdió sin dejar rastro

Reconstruyó un balandro podrido, dio la vuelta al planeta en solitario y se convirtió en leyenda. Once años después volvió a hacerse al mar y nunca más lo vieron. La historia del primer navegante solitario alrededor del mundo, contada por un periodista que se obsesionó con su fantasma.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 4 de septiembre de 2026 · hace 4 h

Tengo frente a mí, abierto en el escritorio, un libro viejo con tapas verdes y las hojas amarillentas. Se llama Sailing Alone Around the World y lo escribió un canadiense de Nova Scotia que aprendió a navegar de chico, trabajando como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar. El autor se llamaba Joshua Slocum y, en 1895, cuando ya nadie en su sano juicio apostaba por la vela, decidió dar la vuelta al mundo él solo, a bordo de un balandro que él mismo había reconstruido tabla por tabla. Lo hizo. Tres años después, regresó convertido en leyenda. Once años más tarde, zarpó otra vez y el mar no lo devolvió. De eso, querido lector, va esta nota.

Un balandro podrido, un reloj de hojalata y un hombre que no sabía nadar

El barco se llamaba Spray. Slocum lo había encontrado abandonado en un pastizal de Massachusetts, tan deteriorado que cualquier otro lo hubiera mandado al aserradero. En cambio, él pasó trece meses rearmándolo, sin más capital que el oficio acumulado en décadas de navegación mercante. El resultado fue un velero de once metros con el que se fue de Boston el 24 de abril de 1895, sin fanfarria, sin oficial, sin un segundo tripulante a bordo. Tardó tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas, cruzando el Atlántico, bordeando el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesando el Pacífico y el Índico, hasta volver a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Nunca, antes que él, un ser humano había completado ese recorrido en solitario.

Lo que volvía a Slocum singular no era solamente la valentía, sino la precisión artesanal con la que resolvía cada problema. Navegó sin cronómetro marino digno de ese nombre: usaba un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal. Lo compensaba con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida desde los dieciséis años. Tampoco sabía nadar, y cuando le preguntaban por qué, contestaba con una frase que todavía hoy se repite en los muelles: en mitad del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.

Tachuelas en la cubierta y un piloto fantasma

La travesía no fue un paseo. En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que intentaban abordar el Spray de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron. Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se le pasó la fiebre, el balandro seguía navegando con rumbo firme. Slocum contaba estas peripecias con un estilo seco, irónico y preciso, sin épica innecesaria, y ese tono fue el que conquistó a los lectores cuando publicó su libro, primero como serie en revistas y después como volumen en 1900.

  • Salida de Boston: 24 de abril de 1895, a bordo del Spray.
  • Ruta: Atlántico, Estrecho de Magallanes, Pacífico, Índico y regreso.
  • Llegada a Newport: 27 de junio de 1898, tras 46.000 millas náuticas.
  • Libro: Sailing Alone Around the World, publicado en 1900.
  • Última zarpada: noviembre de 1909, a los 65 años, sin regreso.

Un final sin testigos

La fama no lo ancló. En noviembre de 1909, ya con 65 años, Joshua Slocum zarpó una vez más desde algún puerto rumbo al sur. Nunca más se supo de él. No hubo pedido de socorro, no hubo testigos, no hubo restos. El Spray y su capitán desaparecieron como se pierden los marineros que eligen hacerse a la vela cuando el mundo ya no los necesita, en silencio, sin ruido, sin dar explicaciones. Hay quienes sostienen que murió en altamar y quienes imaginan una vida distinta, lejos de los muelles. La verdad es que el mar se quedó con él y no devolvió siquiera un casco. Por eso, cada vez que paso una librería de viejo y veo ese tomo verde con las hojas amarillentas, me detengo un segundo y pienso en el hombre del reloj de hojalata, en el piloto fantasma del Atlántico y en las tachuelas clavadas en la cubierta de un balandro que un día dejó de existir. Y vuelvo a casa con la sensación, querido lector, de que ciertas historias no se terminan nunca: simplemente se hacen a la mar, como su protagonista, y desaparecen en el horizonte.

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