Jueves, 27 de agosto de 2026
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El parador nocturno de Neuquén se reinventa: deja de ser sólo un techo y apuesta a la reinserción

Después de dos meses de funcionamiento y 400 personas atendidas, el refugio de la capital neuquina se prepara para un cambio de formato de cara a la primavera. La idea es convertir el lugar en un dispositivo que trabaja por etapas, con foco en lo laboral y lo familiar, inspirado en una experiencia de la Ciudad Oculta porteña.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 27 de agosto de 2026 · hace 2 h

Son las ocho de la noche y la puerta del parador todavía está tranquila. Pero los voluntarios ya saben que, a esta altura del año, la calma es mentirosa: en cualquier momento empieza a llegar gente, en tandas, con sus bolsos, sus frazadas y esa mezcla de cansancio y desconfianza que se les pinta en la cara después de tantos inviernos a la intemperie. Yo los miro mientras se acomodan en la fila, me prestan unos minutos y me cuentan, en pocas palabras, por qué terminaron acá. La escena se repite desde hace dos meses, noche tras noche, en el refugio para personas en situación de calle que la ciudad de Neuquén puso en marcha cuando el frío empezó a pegar de verdad.

El balance que me entregan los coordinadores es concreto: en sesenta días se atendió a 400 personas y el promedio de asistentes por noche se sostuvo en 100, con picos de hasta 120. Datos duros para un dispositivo que arrancó casi de apuro, en plena ola polar, y que ahora, con la primavera asomando, se prepara para dar un salto mucho más ambicioso que extender su calendario: se va a transformar en un refugio que trabaja por etapas, con un objetivo explícito que va mucho más allá de pasar la noche a resguardo.

De techo a puente hacia un trabajo y una familia

Porque acá está la novedad que cambia todo. El parador no va a cerrar cuando suban las temperaturas, como pasó otros años con dispositivos similares. Lo que va a hacer es reconfigurarse en un esquema de tres niveles: bajo, mediano y alto umbral. El primer escalón es el que ya funciona y mantiene su lógica actual, recibir a cualquiera que llegue, sin importar si tiene consumos problemáticos, sin pedirle que esté "limpio" ni que cumpla requisitos previos. A partir de ahí, la idea es ir acompañando a cada persona según el lugar en el que esté: hay quienes apenas pueden dormir adentro y quienes, con un poco de ayuda, empiezan a pensar en volver a tener un trabajo o en reencontrarse con la familia que dejaron atrás.

  • Nivel bajo umbral: ingreso irrestricto, pensado para la contención inmediata de quien llega en situación de calle.
  • Nivel mediano: orientado a la estabilización, con mayor presencia de equipos de salud y psicólogos.
  • Nivel alto: apunta a la salida, con reinserción laboral y reconstitución del vínculo familiar como metas concretas.

El formato, me explican, se terminó de delinear después de un viaje de trabajo de dos días a Ciudad Oculta, en el conurbano bonaerense. Funcionarios y operadores del refugio viajaron a conocer de primera mano cómo trabajan organizaciones sociales con mucha más trayectoria en este tipo de atención, y volvieron con varias ideas bajo el brazo. La impronta que se intentó traer de vuelta es la de un dispositivo que no se contente con darle un plato de comida y una colchoneta a la noche, sino que se proponga, de verdad, construir un puente hacia algo más permanente: un alquiler accesible o, cuando sea posible, el regreso a un entorno familiar que por algún motivo se rompió.

En lo concreto, eso va a traducirse en cambios visibles en la puerta del refugio. El punto de encuentro nocturno, que hoy funciona en la Catedral María Auxiliadora, se va a mudar a un tráiler que se instalará al lado del Hospital Bouquet Roldán. La idea es que ahí cada persona pueda dejar sus pertenencias con un poco más de seguridad y desde allí abordar un transporte hasta el refugio, aunque los que estén en condiciones van a poder moverse por sus propios medios. Detalles logísticos, sí, pero que para alguien que carga con todo lo que tiene encima significan una diferencia enorme.

El perfil de quienes pasaron por el refugio y lo que falta

Las cifras de quienes pasaron por el parador este invierno también ayudan a entender la magnitud del problema. El 92 por ciento son varones y el 81 por ciento tiene domicilio registrado en Neuquén, según el cruce de datos que se hizo con el Registro Nacional de las Personas. Es decir que no estamos hablando, en su mayoría, de gente de paso: estamos hablando de vecinos de esta misma ciudad que por distintos motivos se quedaron sin un techo propio. Esa certeza cambia la mirada y, sobre todo, obliga a pensar respuestas que no sean sólo de emergencia.

En materia de servicios, el dispositivo ya venía funcionando con una base interesante: atención podológica todos los miércoles, residentes de medicina general y odontología, y un equipo de psicólogos con intervenciones individuales. Con el cambio de formato se va a sumar algo que los propios operadores venían reclamando: grupos terapéuticos con mayor frecuencia y una presencia más activa del Ministerio de Salud en el día a día, además de un trabajo coordinado con otros refugios de mediano umbral que ya funcionan en la ciudad.

Y acá aparece la parte incómoda, la que nadie esconde. El acceso al parador es voluntario: la gente se tiene que acercar por su cuenta hasta la Catedral para ser trasladada. Todavía hay personas que duermen en la calle y no lo usan. Las razones son muchas y conocidas: la desconfianza, las reglas de convivencia internas, los consumos problemáticos, el rechazo a estar en un lugar cerrado con desconocidos. A los que están adentro se les pide cumplir normas convivencia, y el incumplimiento de esas reglas puede derivar en la salida del dispositivo, algo que algunos operadores admiten que es un punto de conflicto cotidiano.

Mientras me voy del lugar, ya entrada la noche, pienso en uno de los usuarios con los que charlé un rato antes, Mario, de 54 años, que me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "Yo no vine acá sólo a dormir, vine a ver si alguien me ayuda a salir de esto". En dos meses, 400 personas como él cruzaron esa puerta. El desafío que enfrenta ahora el refugio es justamente ese: que el próximo paso, el que va de un techo temporario a un trabajo estable o a una mesa familiar, deje de ser la excepción y empiece a ser, de una vez por todas, la regla.

Por Emanuel Paillalef, Sociedad.

EP

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