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El "no" que cuida: por qué poner límites a los chicos no es autoritarismo sino una forma de criarlos con responsabilidad

Dos psicólogas consultadas por este portal coinciden en que dialogar no equivale a negociar todo: cuando el adulto cede para evitar el berrinche, los niños quedan sin herramientas para aprender a tolerar la frustración. La clave, dicen, está en ejercer autoridad con presencia, afecto y sin violencia.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

Lo escuché a la salida del colegio, mientras los chicos se juntaban en grupos y los padres se saludaban con la misma cara de cansancio de siempre. Una mamá le decía a otra, casi en tono de confesión: "Yo no le pongo límites porque no quiero traumatizarlo". La otra la miró asintiendo, como si esa frase fuera un manual de instrucciones. Y sin embargo, conversar con especialistas en crianza durante las últimas semanas me dejó una certeza incómoda: confundir diálogo con ausencia de reglas no es criar con más libertad, sino dejar a los chicos sin andamiaje emocional para sostenerse en la vida adulta.

La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo dice sin rodeos: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso". La frase me resonó porque nombra algo que veo a diario: adultos desbordados que negocian hasta el hartazgo para no enfrentar el llanto de un nene de cuatro años.

Autoridad no es autoritarismo

En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que siguen vigentes como referencia. Hoy, cada vez más familias ensayan una cuarta vía, a medio camino, donde el diálogo reemplaza a la orden y el afecto reemplaza al castigo, pero sin terminar de definir quién sostiene las reglas. La psicóloga Deborah Bellota, otra de las voces consultadas, advierte que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica, explica, puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad fuera del hogar.

Cuando le pregunté a Raschkovan dónde queda el cariño en todo esto, su respuesta fue tajante: "Los límites son una forma de cuidado. Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración". Esa capacidad, insistió, no aparece de forma espontánea: se aprende. Y si un niño no experimenta el "no" en un entorno seguro, es posible que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles cuando el entorno deje de ser amable.

Decir "no" y después quedarse

Bellota completó la idea con una observación que me parece clave para los padres que se pasan el día agotados: el trabajo del adulto no termina cuando dice "no". Después viene la parte más difícil, que es sostener esa palabra en el tiempo, contener el enojo que se desata y acompañar al chico hasta que la tormenta pase. Porque un límite sin presencia se vuelve letra muerta, y una presencia sin límite se vuelve permisividad disfrazada de amor.

Salí de la charla pensando en aquella mamá de la puerta del colegio. Tal vez el mejor favor que le podamos hacer a un hijo no sea ahorrarle cada frustración, sino enseñarle, con afecto y con firmeza, que las frustraciones se atraviesan. Y que un padre o una madre que dice "no" y se queda sosteniendo ese "no" no está ejerciendo autoritarismo: está cuidando.

EP

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