Despedidas que se bailan, se comen y se navegan: el mundo de los rituales funerarios que vuelven al duelo una fiesta de la vida
Desde las bandas de jazz que escoltan féretros en Nueva Orleans hasta las cenizas arrojadas al mar por surfistas, repasamos cinco tradiciones que procesan la pérdida con música, color y comunidad. Una invitación a pensar cómo se llora en distintos rincones del planeta.
Lo vi con estos ojos que se gastan mirandoEmpecé a darme cuenta de que el duelo no es un único idioma. Tiene tantos acentos como pueblos hay sobre la tierra. Y mientras investigaba para esta nota, confirmé algo que intuyo desde hace rato: en casi todos lados, la despedida de un ser querido suele parecerse bastante a cómo esa gente celebra la vida. Llueve, duele, sí, pero también se canta, se cocina, se baila. Y eso, lejos de ser una irreverencia, termina funcionando como un modo colectivo de procesar lo que de otra forma sería inabarcable.
Nueva Orleans: jazz, cortejo y baile alrededor del ataúd
En esa ciudad del sur de Estados Unidos, cuando alguien muere, la música aparece antes que las flores. Una banda de jazz acompaña al cortejo desde la parroquia hasta el cementerio. Arranca con tonos lentos, casi un lamento, y va acelerando a medida que el cortejo avanza por la calle. Entonces pasa algo que a primera vista desconcierta: familiares, amigos y vecinos empiezan a bailar alrededor del féretro. No es una falta de respeto. Es, según explican quienes crecieron con esa costumbre, una forma de honrar lo que fue y de cuidar a los que quedan. La tristeza se transforma en movimiento, y el movimiento se vuelve abrazo.
México: el Día de Muertos, la ausencia que se llena de pan y cempasúchil
Cada primero y dos de noviembre, las familias mexicanas arman altares en sus casas y en los cementerios con las comidas que prefería el difunto, velas, flores de cempasúchil, fotografías y objetos personales. La tradición, reconocida por la UNESCO como patrimonio cultural intangible de la humanidad, se sostiene sobre una idea central: las almas vuelven, aunque sea por unas horas, al mundo de los vivos. Por eso los panteones se llenan de velas, de música, de gente que pasa la noche junto a las tumbas, comiendo y conversando con sus muertos. La muerte no se vive como ausencia definitiva, sino como una presencia transitoria a la que hay que recibir con todo listo.
Bolivia: las Ñatitas, los cráneos que cuidan la casa
Cada 8 de noviembre, en el Cementerio General de La Paz se concentra una de las escenas más particulares del calendario funerario americano. Los creyentes llevan cráneos humanos, conocidos como Ñatitas, para que sean bendecidos. Después los regresan a sus casas, donde los agasajan con flores, hojas de coca, cigarrillos y velas. La tradición sostiene que esos restos cuidan el hogar y hasta pueden interceder ante distintas necesidades de quienes los veneran. La imagen puede chocar a primera vista, pero para miles de familias bolivianas forma parte de un vínculo cotidiano con la muerte, uno en el que el cráneo deja de ser un resto y se convierte en un miembro más del grupo familiar.
Ghana: ataúdes con forma de oficio y coreografías en la calle
En Ghana, la despedida empieza mucho antes del entierro. Hay familias que encargan el ataúd con la forma de lo que fue la pasión o el trabajo del difunto: un enorme pez para un pescador, un avión para un piloto, un libro para un maestro, una botella de cerveza para el que amaba esa bebida. La ceremonia puede extenderse hasta tres días e incluye coreografías durante el traslado del féretro por las calles, con música y baile de allegados y vecinos. Es, otra vez, el oficio y el gusto del muerto los que marcan el tono de la despedida, y los que convierten un final en una afirmación de la vida vivida.
Los surfistas del Pacífico: el círculo en el agua y las cenizas en la ola
Entre los surfistas, la despedida ocurre donde fue más querido el que se fue. Los deudos toman sus tablas, se internan mar adentro y forman un círculo. En el centro arrojan flores, y cada uno dice unas palabras sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se esparcen ahí mismo, entregadas a la rompiente que tantas horas los vio juntos. No hay música ni altar, sí hay un ritual silencioso, físico, marcado por el mismo elemento que los reunía en vida. La pérdida se procesa en comunidad, en el agua que los vio vivir, y con el mismo horizonte de fondo que tantas veces compartieron.
Si hay algo que comparten todas estas tradiciones es algo bastante concreto: le dan un marco colectivo a una experiencia que, sin ese marco, puede resultar aplastante. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar definidos para expresarlo, ayuda a transitar la pérdida. La psicóloga del duelo Roselyn Smith, de la Universidad de Nueva Orleans, lo resumió alguna vez en una entrevista con este medio: "Cuando una comunidad entera acompaña el duelo, el dolor se vuelve más llevadero porque deja de ser un peso individual". No es casual entonces que, en casi todas las culturas, el velorio, el entierro o la ceremonia posterior tengan esa dosis de reunión, de comida compartida y de encuentro. Hasta el humor tiene su lugar, porque reírse de la muerte, en muchos lados, es también una manera de, bueno, de decirle a la muerte que no se la va a llevar toda. Lo que cambia, de país en país, es la forma. Lo que no cambia, lo que se repite en Nueva Orleans, en México, en Bolivia, en Ghana y en el agua de algún Pacífico cualquiera, es la necesidad de no llorar solos. Y eso, mirá, es algo que a mí, cada vez que lo recuerdo, me reconcilia un poco con la idea de que vivimos en comunidad.
