Cuando una pierna hinchada esconde algo más: la otra cara de los coágulos que pocos miran
Un cardiólogo preventivo repasa las cuatro señales físicas que pueden estar gritando que hay un trombo a tiempo de actuar y los momentos de la vida en los que el riesgo se dispara sin que uno se dé cuenta.
Lo vi con mis propios ojos la vez que acompañé a un vecino al consultorio: el hombre se había sentado toda una tarde mirando el partido de fútbol y, cuando se levantó para ir a la cocina, la pantorrilla le dolía como si tuviera un corcho clavado. Estaba roja, caliente y más hinchada que la otra. Le pregunté si le había pasado antes y me dijo que no, pero que su padre había terminado una internación larga por algo en la sangre que él nunca terminó de entender. Aquel día terminé leyendo bastante sobre el tema, y lo que encontré me dejó más inquieto de lo que esperaba, porque detrás de un dolor de pierna puede esconderse un coágulo que, si se suelta y viaja hasta los pulmones, se convierte en una embolia pulmonar con potencial fatal.
La trombosis venosa profunda no avisa con sirena ni con un cartel luminoso en la calle: avisa con el cuerpo, y muchas veces lo hace en clave baja, con molestias que uno tiende a achacar a una mala pisada, a un calor del verano o al haber dormido torcido. Por eso, según el cardiólogo preventivo Francesco Lo Monaco, hay cuatro señales físicas concretas que conviene aprender de memoria porque pueden estar indicando que un coágulo se está formando en una vena profunda de las piernas. La primera es el dolor o la sensibilidad localizada, sobre todo en la pantorrilla o en el muslo, que suele molestar más al caminar o al flexionar el pie hacia arriba. La segunda es la hinchazón de una sola pierna, o de una zona puntual, que no se explica por un golpe ni por estar de pie todo el día. La tercera es el cambio de color en la piel de esa zona, que puede verse enrojecida, azulada o simplemente más oscura de lo habitual. La cuarta, y muchas veces la más llamativa, es la sensación de calor localizada, como si esa parte de la pierna estuviera más caliente que el resto sin razón aparente.
Cuándo deja de ser una molestia y pasa a ser una emergencia
Es importante aclarar, y Lo Monaco lo repite cada vez que puede, que ninguno de esos cuatro síntomas por sí solo confirma que haya un coágulo: puede tratarse de una contractura, de una picadura, de várices inflamadas o de cualquier otra cosa. Pero sí justifican, sin dudarlo, una consulta médica rápida para descartarlo, especialmente si se dan juntos o aparecen de un día para otro sin explicación clara. Lo que sí no admite ninguna demora es la aparición de los síntomas típicos de una embolia pulmonar: dificultad para respirar de golpe, dolor en el pecho que se intensifica cuando uno inspira profundo, tos con sangre o pérdida de conocimiento, aunque sea de un segundo. En cualquiera de esos casos, la indicación es llamar a emergencias de inmediato, porque ahí el reloj corre en contra y cada minuto cuenta.
Quiénes cargan con más riesgo sin saberlo
Más allá de las señales agudas, hay un mapa de factores de riesgo que conviene tener bien mapeado para no vivir engañado por la sensación de estar sano. Haber tenido un coágulo anteriormente es la primera alerta, porque el cuerpo suele repetir los mecanismos que una vez le jugaron en contra. Los antecedentes familiares y las condiciones hereditarias como la trombofilia ocupan el segundo lugar, y de ahí la importancia de conocer la historia clínica de los padres y los abuelos antes de que aparezca el primer síntoma. Fumar, pasar períodos prolongados con la movilidad reducida —pensemos en una internación, en una fractura, en un viaje largo en avión o en esos días de cama que nos autoimpone el dolor de espalda— y convivir con enfermedades como diabetes, insuficiencia cardíaca o cáncer también elevan de manera significativa la probabilidad de desarrollar un trombo.
Las tres etapas de la vida de una mujer que no hay que pasar por alto
- Los anticonceptivos hormonales con estrógeno: el riesgo adicional es bajo para la mayoría de las usuarias, pero existe y se potencia con la edad, con el tabaquismo y con la migraña, así que la indicación es conversar el tema con el ginecólogo cada vez que se renueva la receta, en lugar de darlos por sentado.
- El embarazo y el posparto: durante la gestación el organismo activa de manera natural mecanismos para evitar el sangrado excesivo en el parto, y eso favorece la coagulación. El riesgo no desaparece con el nacimiento, sino que se extiende varias semanas después, por lo que el puerperio también merece controles.
- La terapia hormonal para síntomas de la menopausia: cuando incluye estrógeno puede elevar el riesgo de trombosis, de modo que la decisión de iniciar o mantener ese tratamiento tiene que pasar siempre por un balance individual entre beneficios y riesgos, y no por la recomendación genérica de una conocida.
“La prevención comienza por comprender los propios riesgos, en lugar de asumir que sentirse bien significa que todo está bien.”Francesco Lo Monaco, cardiólogo preventivo
Lo Monaco subraya algo que a mí, como simple caminante de pasillos de consultorios, me parece lo más valioso de toda su explicación: los riesgos no son fijos a lo largo de la vida, sino que se modifican con el embarazo, con los tratamientos hormonales y con los cambios en la movilidad, por lo que el consejo más adecuado varía según la historia clínica de cada persona. Las personas con antecedentes personales o familiares de problemas de coagulación son, justamente, quienes más necesitan sentarse con un especialista a repasar ese mapa. Volví a lo que me trajo hasta acá, la imagen de aquel vecino con la pantorrilla hinchada mirando el partido, y entendí que lo que parecía una molestia del fútbol del domingo era, en realidad, una conversación pendiente con el médico de cabecera que él venía postergando desde hacía meses. Esa conversación, hoy lo sé, puede ser la diferencia entre llegar a tiempo a la guardia o terminar en una terapia intensiva.
