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Cuando la mochila pesa más de la cuenta: cómo se vive el estrés escolar puertas adentro y por qué los adultos son la primera red de contención

La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las calificaciones no se queda en el aula: se traduce en cambios de humor, malestares físicos y dificultad para aprender. Y marca un punto clave: los mayores también necesitan ordenar sus propias emociones para poder acompañar.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 25 de septiembre de 2026 · hace 56 min

Lo primero que vi, hace un rato, cuando entré a la cocina, fue a mi hijo con la mochila abierta arriba de la mesa, los libros apilados y esa cara que conozco bien, esa que aparece cuando el día le quedó grande antes de empezar. Me senté enfrente y le pregunté qué tenía, y lo que me salió no fue una respuesta sino un suspiro largo, de esos que pesan. Ahí me acordé de una frase que leí por estos días y que me quedó dando vueltas: la escuela no termina cuando suena el timbre. Y entonces me puse a investigar qué dicen los que saben del tema, porque a veces uno, como padre o como madre, siente que va improvisando, y hace bien en buscar una mano experta.

La especialista que más se escucha en este asunto es Susan Albers, psicóloga de la Cleveland Clinic, y lo que plantea es bastante directo: el estrés escolar no es un problema solo del chico, es un asunto de toda la casa. Para ella, la manera en que reaccionan los adultos que rodean a un estudiante marca la diferencia entre una presión que se puede bancar y una presión que termina pasando factura. De ahí que una de las primeras recomendaciones sea bastante simple pero no por eso fácil de cumplir: hacer una pausa antes de contestar, respirar, y mostrar con el ejemplo que pedir ayuda no es unun papelón, es una herramienta.

No siempre se nota en palabras: las señales que aparecen en casa

Hay un punto que a mí, particularmente, me hizo ruido y creo que a muchos lectores también les va a pasar. Albers explica que la presión del colegio no siempre se manifiesta con un «estoy estresado» dicho en la mesa familiar. Muchas veces aparece en cambios de humor que parecen venir de nowhere, en conductas que antes no estaban, o directamente en el cuerpo: un dolor de panza recurrente, un dolor de cabeza que aparece siempre el mismo día, un sueño que se vuelve pesado o un sueño que directamente se esfuma. A las tareas y a las notas se suman, además, las comparaciones en redes sociales y los mensajes del grupo de la división que mantienen al estudiante enchufado a la demanda escolar incluso cuando ya dejó de estudiar.

“La preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, que es la que usamos para manejar información en el momento, y eso hace más difícil recuperar lo aprendido. Si le explicamos eso al estudiante, podemos lograr que entienda que cuidar su bienestar no es un lujo, sino que también tiene que ver con poder rendir.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic

Y acá hay una distinción que la psicóloga hace y que a mí me parece clave, porque ayuda a no confundir exigencia con sufrimiento. Una exigencia moderada, puntual, puede funcionar como un motor, como una manera de activarse. Lo que ya no sirve es una respuesta de estrés demasiado seguida o demasiado larga en el tiempo, porque en ese caso el cuerpo pierde la posibilidad de recuperarse, y ahí es cuando el rendimiento empieza a caer justamente cuando más se le pide.

Ordenar la jornada: una receta concreta para no ahogarse

  • Revisar qué tarea es urgente de verdad, qué puede esperar y qué, directamente, se puede delegar o directamente dejar afuera de la lista.
  • Tomar la obligación más importante y partirla en pasos más chicos, porque una demanda grande se vuelve manejable cuando se la fracciona en acciones concretas.
  • Protegerse de las redes en los momentos de estudio, porque el scroll permanente alimenta la sensación de estar siendo evaluado todo el tiempo.
  • Sumar actividades que anclen al presente, como dibujar, escuchar música con atención, pintar o meditar, como reemplazo del desplazamiento automático por la pantalla.
  • Cuidar el descanso y los vínculos presenciales, porque el cuerpo y el humor se recuperan con sueño y con gente cerca, no con notificaciones.

Me crucé hablando del tema con María Inés, que tiene 52 años y dos hijas en la secundaria, y me dijo algo que me parece que resume mucho de lo que planteó Albers: «Yo antes les decía «dejá eso y hacé la tarea» y me enojaba si no me contestaban bien. Ahora me obligo a parar, a preguntarles cómo están primero, y te juro que la noche cambia. Obvio que después hay que poner límites, pero el orden en que uno hace las cosas modifica todo».

Volviendo a la cocina de mi casa, a la mochila abierta y al suspiro largo: lo que me llevo de todo esto es que la mochila no la carga solo el chico, y que si los que estamos alrededor no ordenamos primero nuestro propio estrés, difícilmente podamos acompañar bien el de ellos. La especialista lo dice con una claridad que a mí, como adulto, me sirve de espejo: si el que cuida también está al límite, lo que tiene que hacer es mostrar cómo trabaja sobre eso y cómo pide ayuda, porque ese ejemplo vale más que cualquier charla.

En definitiva, y esto es lo que me llevo puesto después de leerla con detenimiento, el estrés escolar no se resuelve con más exigencia ni con mejores técnicas de estudio, se resuelve con una red de adultos presentes, ordenados y dispuestos a frenar cuando hace falta. La nota queda abierta para los lectores que quieran seguir profundizando: Cleveland Clinic tiene más material disponible en su sitio oficial para quien quiera buscar herramientas puntuales.

EP

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