Cuando la leche, que era amiga, empieza a jugarte mal: la intolerancia a la lactosa en la adultez
Una enzima que el cuerpo deja de producir con el paso de los años es la responsable de que hinchazón, gases y diarrea aparezcan después de una milanesa con queso o un buen helado. Qué la dispara, cómo se la reconoce y de qué manera se puede volver a comer sin pasarla mal.
Me pasó mil veces en la redacción: el colega que pide un cortado solo y al rato se tira en la silla quejándose de la panza, la fuente que atiende con cara de disculpas y avisa que tiene que correr al baño. A veces es el café, claro. Pero otras, mirá lo que son las cosas, es la leche que tomó con el café, el queso que se sirvió en la milanesa a la napolitana o el helado que pidió de postre. La lactosa, ese azúcar que lleva la leche desde siempre, dejó de ser bienvenida en un cuerpo que hasta ayer la bancaba sin chistar. Y ahí empieza una historia que, te lo aseguro, conozco de cerca.
De eso habla este tema que me toca contarles hoy. La intolerancia a la lactosa en adultos no es una moda ni una exageración de redes sociales: es un proceso fisiológico más común de lo que se cree, y entenderlo es la diferencia entre andar con la panza hinchada sin saber por qué y volver a disfrutar de un buen plato de pastas con manteca sin pagar el precio después.
Qué pasa adentro del cuerpo cuando la lactosa ya no se digiere bien
El intestino delgado fabrica una enzima que se llama lactasa, y su trabajo es justo romper la lactosa para que el cuerpo la pueda absorber. En la infancia esa fábrica funciona a todo trapo, porque la leche es la comida principal. Pero con los años la producción va bajando, despacio, sin que uno se entere. Cuando llega a un punto en que queda poca lactasa, la lactosa sigue de largo sin descomponerse y llega entera al intestino grueso. Allí las bacterias la festejan: la fermentan, sacan gases, suman hinchazón y cólicos. Además, ese azúcar extra atrae agua y eso termina empujando al baño a las apuradas.
Por qué aparece de grande y a quién le toca más
Las molestias suelen asomar entre los 20 y los 30 años, aunque a veces se hacen esperar hasta los 40 o los 50. Hay un componente hereditario fuerte: las personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana o africana occidental son las que más probabilidades tienen de desarrollar intolerancia, mientras que en poblaciones del norte de Europa la condición es bastante menos frecuente. La explicación está en la historia de cada pueblo con la cría de animales lecheros: donde la leche fue compañera de la dieta durante generaciones, el cuerpo aprendió a mantener activa la producción de lactasa; donde no, esa enzima se fue apagando con el tiempo.
Hay que marcar una diferencia importante, y esta la aprendí charlando con Marisa, una vecina de Avellaneda que tiene 53 años y convive con el tema desde los 30. La alergia a la leche es otra cosa: ahí el sistema inmunitario reacciona contra las proteínas lácteas y puede provocar urticaria, vómitos, eccema o hasta dificultad para respirar, y suele aparecer en la infancia. La intolerancia, en cambio, es una cuestión de digestión: el cuerpo no digiere bien el azúcar, pero las defensas no se enloquecen. Confundir una cosa con la otra es común, y puede llevar a dietas innecesarias o, peor, a pasarla mal pensando que es algo que no es.
Cómo darse cuenta: los síntomas y el camino hasta el diagnóstico
Los indicios más comunes son hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea, y por lo general aparecen entre media hora y un par de horas después de tomar un café con leche, comerse un trozo de pizza bien cargada de mozzarella o un helado de dos bochas. Cada cuerpo tiene su umbral: hay quienes se hinchan con un vaso chico de leche entera y otros que bancan una feta de queso sin problemas y solo tropiezan cuando se pasan con el dulce de leche. También cuenta con qué se come la leche: una taza sola pega más fuerte que esa misma leche mezclada con cereales y otras comidas. Y si ya se arrastra un intestino irritable, el escenario se complica.
Para confirmar la sospecha existe una prueba llamada de hidrógeno espirado: se toma una dosis de lactosa y se sopla en un aparato cada cierto tiempo durante unas cuatro horas. Si el hidrógeno del aire que uno exhala sube bastante, la señal es clara: la lactosa no se absorbió y las bacterias la fermentaron. Pero no siempre hace falta llegar a esa instancia. En la mayoría de los casos alcanza con hacer una prueba en la vida real: sacar los lácteos un par de semanas, ver cómo anda el cuerpo, y después ir sumándolos de a poco para tantear cuál es el límite de cada uno.
- Ir bajando de a poco los lácteos hasta encontrar la porción que cada uno tolera, en lugar de cortarlos de un día para el otro.
- Probar leches deslactosadas o sin lactosa, que tienen los nutrientes de la leche común pero con la lactosa ya descompuesta.
- Sumar quesos duros como el queso rallado tipo parmesan, que de manera natural tienen muy poca lactosa.
- Fijarse en yogur y kéfir, que a muchas personas les caen mejor porque las bacterias que llevan ya descompusieron buena parte de la lactosa.
- Asegurarse de cubrir el calcio por otras vías: vegetales de hoja verde, sardinas, almendras, tofu firme y, si el médico lo indica, un suplemento.
Con el correr de los meses uno aprende a leer las etiquetas, porque la lactosa aparece en lugares insospechados: galletitas, fiambres, panes de molde, aderezos, hasta algunos medicamentos. No es cuestión de volverse fanático, sino de prestar atención. Y siempre, siempre, vale la pena sentarse a hablar con un nutricionista o con un gastroenterólogo antes de armar una dieta por cuenta propia, sobre todo porque cortar lácteos sin más puede dejar a uno con el calcio bajo y a la larga con problemas óseos.
Me fui de la redacción pensando en Marisa, la vecina de Avellaneda que me contó su historia mientras compraba medio kilo de queso cremoso, con una sonrisa cómplice. Ella ya no toma leche en el café, se cuida con los helados en verano y aprendió que el queso duro, un yogur natural y los verdes de la huerta de su cuñada le dan una vida tranquila sin resignarse. Si a vos te pasa parecido, no te castigues pensando que algo anda mal: es muy probable que sea esto, y que tenga solución. La próxima vez que una fuente me hable con la panza hinchada, ya sé qué preguntarle antes de pedirle la nota.
