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Lunes, 19 de octubre de 2026
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Cuando el trabajo no te deja dormir ni comer: cinco llaves cotidianas para empezar a desenchufarte del agotamiento

Una especialista en nutrición naturópata sostiene que el estrés sostenido desordena hormonas clave y propone pequeños cambios en la comida, el sueño y los ritmos diarios para empezar a sentirse mejor. Especial Sociedad.Quemarte en el trabajo no llega de un día para el otro. Tampoco se va con un fin de semana largo o una escapada de fin de semana. Yo lo noté la primera vez que me quedé dormido sobre el teclado un martes a las cuatro de la tarde y tenía la pantalla de una planilla de cálculo abierta: la columna de números se me mezclaba con la última conversación de Whatsapp que había tenido con mi viejo, en la que me preguntaba si había comido algo. No había comido nada. Y tampoco era la primera vez esa semana. Me acuerdo de que levanté la cabeza y pensé, con esa lucidez fría que da el agotamiento de verdad, que algo no estaba funcionando. Esa misma semana, en una charla con una conocida que trabaja en recursos humanos, salió el tema de un libro que andaba dando vueltas en grupos de Whatsapp de gente grande, oficinista, con hijos y con deudas: The Hormone Balance Handbook, de Jessica Shand, una especialista en nutrición naturópata que viene explicando hace rato que el cansancio laboral no es solo dormir poco. Es un problema que empieza en el cerebro, baja al sistema hormonal y termina destrozando el sueño, la digestión y hasta el humor con el que uno se para todos los días a la mañana.

Por Emanuel PaillalefSociedad · · hace 40 min
Cuando el trabajo no te deja dormir ni comer: cinco llaves cotidianas para empezar a desenchufarte del agotamiento

El burnout no es solo estar cansado

Lo que Shand describe es algo que muchos hombres y mujeres de entre cuarenta y sesenta años ya sienten en el cuerpo pero todavía no terminan de poner en palabras: la exposición prolongada al estrés activa de manera sostenida la producción de cortisol, la hormona que el cuerpo libera cuando se siente en peligro. Cuando esa fábrica de cortisol queda encendida las veinticuatro horas, el organismo empieza a priorizar la supervivencia y deja en segundo plano funciones tan básicas como dormir bien, digerir bien o mantener el ánimo parejo. El cuadro se traduce en cansancio que no se va nunca del todo, dificultad para dormir aun cuando se cae en la cama, cambios de humor sin motivo claro y esa sensación persistente de que las vacaciones no alcanzan. Para Shand, la primera trampa en la que cae la gente cansada es la alimentación desordenada. La recomendación central de Shand es sostener una alimentación regular que combine proteínas completas, grasas saludables y carbohidratos complejos. Ese esquema, dice, ayuda a estabilizar la glucosa en sangre y evitar los picos y caídas de azúcar que durante los períodos de fatiga profundizan la irritabilidad, la ansiedad y la falta de concentración. Saltearse comidas o vivir a base de galletitas, café y comida comprada en la esquina agrava el desgaste en lugar de mejorarlo.

Cinco hábitos para empezar a desenchufarse

El cuerpo no se rompe solo, se desregula

La especialista señala que la energía puede variar a lo largo del ciclo menstrual en las mujeres y a lo largo de la jornada en cualquier persona, y que ignorar esas señales lleva a profundizar el agotamiento en lugar de gestionarlo. La lectura de fondo es bastante clara: no alcanza con dormir más un domingo ni con pedir un menú sin gluten el lunes siguiente. Hay que empezar a mirar el propio ritmo con otra honestidad, identificar en qué momento del día uno rinde mejor, en qué momento el cuerpo pide comida y en qué momento la cabeza ya no da más, y dejar de pelearse con eso. Y acá va el llamado de atención que Shand repite hasta el cansancio: ninguno de estos cambios reemplaza la consulta médica cuando los síntomas se sostienen en el tiempo. El cuerpo no avisa con cartelitos luminosos, avisa con sueño que no se va, con digestión que se desarma y con una irritabilidad que antes no estaba. Ignorar esas señales es lo que termina llenando las guardias de clínicas y las listas de espera de los psicólogos. Yo, por las dudas, aquella semana con la planilla abierta en la cara aprendí una cosa: que no me había caído de un mástil, sino de varios meses seguidos de no comer como correspondía, de no dormir como correspondía y de no darme cuenta de que estaba pidiendo auxilio a los gritos en horario de oficina. Nada mágico. Apenas la primera línea de un manual que empieza por lo más básico, que es volver a cuidarse como si uno fuera, también, alguien importante.

EP

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