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Cuando el rencor se queda a vivir adentro: lo que el cuerpo paga por no soltar una ofensa

No es solo una bronca que pasa: cuando la ofensa se instala por años, el organismo la trata como si la amenaza siguiera delante. Presión arterial elevada, cortisol que no baja, defensas bajas y un cansancio que no se explica. Una recorrida por lo que la ciencia sabe sobre el costo físico de guardar rencor, con la voz del psiquiatra Norberto Abdala.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 7 de septiembre de 2026 · hace 49 min

A los 52 años, Marta ya no le encuentra explicación a los malestares que la acompañan hace tiempo. Se levanta cansada, le duele el cuello, le cuesta dormir del tirón y la médica le repite que tiene la presión más alta de lo que debería para su edad. No tiene una enfermedad grave diagnosticada ni una preocupación económica que la tenga en vilo. Lo que sí tiene, mientras lo cuenta en la mesa de un bar, es un rencor guardado durante más de dos décadas con una persona de su familia. Cuando lo dice en voz alta, se ríe con cierta vergüenza, como si recién cayera en algo que debería haber visto antes.

La escena sirve para entender lo que durante años se repitió en consultorios y que hoy la literatura médica empieza a mostrar con más detalle: guardar una ofensa sin procesarla no es solo una carga emocional. Es una carga con consecuencias físicas concretas, porque el cuerpo interpreta el recuerdo del agravio como si la amenaza siguiera presente y responde igual que ante un peligro real. Presión alta, insomnio, inflamación crónica, fatiga y rigidez muscular son algunos de los efectos que se acumulan cuando el rencor deja de ser una reacción pasajera y se convierte en un estado permanente.

Bronca y rencor: por qué no es lo mismo

A diferencia de la bronca puntual, que aparece con fuerza y se disipa, el rencor implica volver mentalmente sobre la ofensa una y otra vez, con una intensidad que no baja con el tiempo. Puede durar años, incluso décadas, y su origen puede ser una traición, una injusticia laboral, una ruptura sentimental o un conflicto familiar que nunca encontró resolución. Lo que lo define no es el tamaño de la ofensa, sino la repetición del recuerdo y la imposibilidad de cerrarlo.

Lo que el cuerpo empieza a mostrar

  • Sistema cardiovascular: el rencor sostenido eleva la presión arterial de forma crónica y acelera la frecuencia cardíaca incluso en reposo. El organismo interpreta el recuerdo de la ofensa como una amenaza activa y dispara los mismos circuitos de alarma que usaría frente a un peligro real. Ese estado de alerta repetido aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.
  • Eje hormonal: el cortisol, la hormona asociada al estrés, permanece elevado más tiempo del que le corresponde. Esa elevación sostenida altera el sueño, favorece la acumulación de grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos.
  • Sistema inmunológico: con los mecanismos de defensa sometidos a una demanda constante, bajan las defensas frente a infecciones y aumenta la inflamación de bajo grado, un proceso silencioso vinculado con enfermedades crónicas de distintos tipos.
  • Plano muscular y digestivo: el cuello, la mandíbula y la espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso, lo que explica muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente. El sistema digestivo también se resiente, dado que el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional.
  • Fatiga sin causa aparente: no se explica por el esfuerzo físico. Es el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología

Antes de irme del bar, le pregunto a Marta qué haría si pudiera volver a hablar con esa persona. Se queda un instante en silencio, mira la taza y dice, con una calma que no tenía al principio de la charla: no sé si la perdonaría, pero sí sé que no quiero seguir pagándolo yo. Esa frase, sin proponérselo, resume lo que la medicina viene señalando: el rencor no necesita un enemigo externo para hacer daño. Mientras se quede adentro, el cuerpo sigue respondiendo como si la ofensa acabara de ocurrir, y la factura la paga, casi siempre en silencio, el que la guarda.

EP

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