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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el agotamiento no se va: la propuesta de revisar qué se come y qué se duerme antes de medicar

La psicóloga Kimberley Wilson promueve sumar la evaluación nutricional y de descanso al abordaje de la fatiga persistente, la irritabilidad y el bajo ánimo. Advierte que un déficit no equivale a un trastorno y que los cambios de hábitos tardan meses en notarse.

Por Emanuel PaillalefSociedad · · hace 11 d
Cuando el agotamiento no se va: la propuesta de revisar qué se come y qué se duerme antes de medicar

A mí me pasa cada vez más seguido en el colectivo de la línea que cruza Once: miro alrededor y veo caras que van con el semblante de las personas que arrastran los ojos medio cerrados, la mandíbula apretada y una expresión de agotamiento que ya no se explica solo con el lunes. Entonces me cruzo con la propuesta de Kimberley Wilson, una psicóloga británica que viene a decir algo que en la consulta todavía suena raro: que antes de buscar un diagnóstico clínico para el cansancio que no se va, la apatía y el ánimo por el piso, conviene revisar también qué se come, cómo se duerme y cuánto se mueve el cuerpo. La idea no reemplaza a la psicoterapia ni a la medicación, pero las ubica en un mapa más amplio de la salud mental.

Lo que plantea esta profesional, según el material al que accedí, es que la evaluación inicial de los síntomas emocionales debería sumar preguntas sobre alimentación, descanso y movimiento, además de los antecedentes personales y las situaciones de estrés. La idea es identificar qué factores están interviniendo en cada caso y a partir de ahí orientar las intervenciones. Una persona con experiencias traumáticas seguramente necesite terapia especializada; alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva puede ver cómo una parte de sus síntomas mejora al corregir una carencia concreta.

Qué nutrientes quedan bajo la lupa

Wilson menciona vitaminas B3 y B12, zinc, selenio y omega-3 como nutrientes relevantes para el funcionamiento cerebral. Aclara un punto clave para no generar falsas expectativas: que tener bajos estos nutrientes no determina por sí mismo la existencia de un trastorno mental, aunque sí puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad y el bajo estado de ánimo. Por eso sugiere investigar posibles déficits cuando los malestares se vuelven persistentes.

  • Pescados azules como sardina, salmón y caballa, fuente principal de omega-3, con al menos una porción semanal recomendada.
  • Consulta profesional sobre suplementación para personas vegetarianas o veganas, para evitar carencias sin reemplazar la orientación médica.
  • Sueño, sedentarismo, consumo de sustancias, conflictos personales y estrés laboral como parte de la misma revisión.
  • Psicoterapia y medicación como herramientas disponibles cuando el cuadro lo requiere, no como paso automático.

El recorrido que hizo Wilson para llegar a este enfoque tiene un punto de partida que a mí, como porteño criado en una familia donde la olla popular fue una realidad durante los noventa, me golpea especialmente: su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias. También cita ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con una reducción de episodios violentos. La propia especialista advierte que esa asociación no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta, pero sí abre una pregunta que pocas veces se hace en el consultorio.

“Una persona con anemia o una alimentación muy restrictiva podría ver cómo parte de sus síntomas mejora al corregir una carencia concreta, sin que eso reemplace el resto del abordaje.”Kimberley Wilson, psicóloga

Hay un dato que me parece clave para no generar expectativas desmesuradas: los efectos de cambiar la alimentación y los hábitos de descanso tardan meses en percibirse, no semanas. Por eso la propuesta no es una solución exprés para el agotamiento cotidiano, sino una forma de mirar el problema con más capas. Lo digo porque conozco a varias personas que, como esa vecina de Boedo de 52 años con la que hablo casi todos los viernes, llegan a la guardia médica pidiendo un ansiolítico para el nudo del pecho que arrastran desde hace años, y salen con la receta sin que nadie les haya preguntado qué cenaron la noche anterior. Esa escena, repetida en cualquier barrio de Buenos Aires, es la que esta propuesta parece querer incomodar: la consulta empieza antes de la lapicera.

EP

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