Cuando el acoso no se apaga con la luz del cuarto: pediatras alertan por un bullying que ya no distingue entre el patio y la pantalla
Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que las agresiones que empiezan en la escuela se mudan a WhatsApp, redes y videojuegos y persiguen a los chicos hasta la noche. Especialistas llaman a familias, escuelas y equipos de salud a hacerse cargo de un problema que se volvió permanente.
Lo que se inicia en el patio del colegio ya no termina cuando suena el timbre. La burla, el apodo que lastima, la foto sacada a escondidas, el mensaje en el grupo: todo eso puede seguir esa misma tarde en un chat de WhatsApp, escalar durante la noche en una red social y volver al aula a la mañana siguiente, como si la agresión tuviera llave propia y se colara por debajo de la puerta del cuarto. Esa continuidad entre lo físico y lo digital, esa imposibilidad de encontrar un rincón en el que el acoso se detenga, es lo que preocupa a la Sociedad Argentina de Pediatría, que acaba de publicar un documento en el que describe un fenómeno que se transformó: el bullying y el ciberbullying dejaron de ser dos problemas separados para convertirse, en la vida cotidiana de miles de chicos, en una misma cadena sin eslabón final.
El texto fue elaborado por ocho comités y subcomisiones de la entidad y pone el foco en algo que las familias empiezan a percibir cuando ven a un hijo revisar el celular con cara de piedra o apagarlo de golpe. Antes, la vuelta a casa podía ofrecer una pausa, un rato de alivio, un cambio de aire frente a una situación de acoso en la escuela. Hoy, con el acceso casi permanente al teléfono, ese límite se vuelve cada vez más difuso. Los mensajes, las burlas o la exposición de una imagen íntima pueden llegar a cualquier hora y extender la situación mucho más allá del horario escolar, lo que amplifica el impacto y, en consecuencia, el daño sobre quien lo sufre.
De la pelea entre compañeros al acoso escolar: las tres condiciones que lo definen
El documento de la SAP aclara algo que a veces se pierde en la conversación de todos los días: no toda discusión entre chicos es bullying. Para que exista acoso escolar tienen que darse, al mismo tiempo, tres condiciones: intención de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que le impida a quien lo sufre defenderse o ponerle un punto final. Puede ser físico, con empujones y golpes; verbal, con insultos y apodos; o relacional, con la exclusión deliberada del grupo, esa forma silenciosa que muchas veces duele más que un cachetazo.
“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en la víctima. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Sociedad Argentina de Pediatría
El celular como extensión del patio: lo que enumeran los pediatras
Las consecuencias que describen los pediatras no se quedan en la pantalla. Van desde dolores físicos recurrentes, cefaleas y malestares digestivos sin causa médica clara, hasta alteraciones del sueño, caída en el rendimiento escolar, aislamiento, ansiedad y, en los cuadros más graves, depresión e ideas de hacerse daño. Son señales que muchas veces los padres y las madres ven pero no terminan de vincular con lo que el chico vive en la escuela y en su teléfono, como si fueran dos mundos distintos cuando en realidad, para el chico, son el mismo.
La SAP insiste en que la respuesta no puede recaer sobre la víctima. Pide a las familias que estén atentas a cambios de humor, a la resistencia a ir a la escuela, al apagado brusco de notificaciones o al llanto después de revisar el celular. A las escuelas, que tengan protocolos claros y no minimicen lo que ocurre en los grupos digitales. Y a los equipos de salud, que incluyan preguntas sobre el uso de pantallas y sobre la vida vincular del chico en las consultas de control. El acoso, dicen, se detiene recién cuando alguien decide hacerse cargo. Y eso, en 2025, ya no puede limitarse a las cuatro paredes de un aula.
