Sábado, 26 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Cinco años y monedas: lo que el aislamiento y la soledad le quitan a la vida sin enfermedades

Un estudio con más de 277 mil personas del Biobanco del Reino Unido calculó cuántos años de vida saludable se pierden por falta de vínculos y por sentirse solo. En los hombres, la brecha en salud mental llegó a los 5,8 años. Los hábitos saludables amortiguaron el aislamiento, pero no alcanzaron frente a la soledad.

Por Emanuel PaillalefSociedad · 26 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Uno suele escuchar, en la calle o en la verdulería, que vivir solo y sentirse solo son dos cosas distintas. Esa intuición, que muchos repiten sin saberlo, es exactamente la puerta de entrada a un trabajo reciente que le puso números a la diferencia. Lo difundió la Universidad de Tulane en un comunicado del 22 de septiembre de 2026, y vuelve a poner en el centro una pregunta incómoda: cuánto nos cuestan, en años de vida sin enfermedades, los vínculos que no tenemos y la conexión que no encontramos en ellos.

La investigación siguió a más de 277.000 participantes del Biobanco del Reino Unido, todos de entre 40 y 69 años. Al momento de ingresar, ninguno tenía las siete condiciones que el equipo tomó como referencia: diabetes, enfermedades cardíacas, problemas pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. A partir de ahí, los investigadores calcularon los años que esas personas podían esperar vivir sin atravesar ninguno de esos problemas, tomando los 50 como punto de partida.

El aislamiento y la soledad no son la misma cosa

El aislamiento social es, según las definiciones que maneja el Consejo Nacional de Envejecimiento, tener pocas relaciones o interactuar de manera limitada con los demás. La soledad, en cambio, es otra cosa: es el malestar por la falta de una conexión que se perciba como significativa. Por eso alguien puede vivir con pocos contactos y no sentirse solo, si esos vínculos le alcanzan y lo satisfacen. La distinción, que parece sutil, se volvió clave a la hora de leer los resultados.

  • Mujeres con soledad y aislamiento: 2,4 años menos de vida sin enfermedades físicas; 3,7 años menos en salud mental.
  • Hombres con soledad y aislamiento: 1,7 años menos de vida sin problemas físicos; 5,8 años menos en salud mental.
  • Hábitos como buena alimentación, actividad física, sueño adecuado y no fumar amortiguaron el impacto del aislamiento, pero no el de la soledad.

Las cifras llaman la atención por donde se las mire. En las mujeres, la diferencia de vida sin problemas físicos fue de 2,4 años y en salud mental de 3,7. En los hombres, la brecha física fue más chica, 1,7 años, pero la vinculada a la salud mental se estiró hasta los 5,8. Es decir, los hombres que transitaron soledad y aislamiento social perdieron casi seis años de vida saludable por trastornos mentales como depresión o ansiedad, mucho más que en cualquier otra categoría analizada.

Hábitos que alcanzan para una cosa y no para la otra

Otro de los hallazgos que más se comenta es el de los hábitos cotidianos. Mantener una alimentación razonable, moverse en forma regular, dormir bien y no fumar sirvió para atenuar la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social. Frente a la soledad, esos mismos hábitos no lograron reducir de manera significativa el riesgo. Es una pista fuerte: lo que comemos, cómo dormimos y cuánto nos movemos nos protege de muchas cosas, pero no parece alcanzar cuando lo que falta es un lazo humano sentido como propio.

El investigador principal, Lu Qi, fue claro al presentar los resultados. “Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental”, sostuvo, y recordó que las cifras se refieren a años libres de las enfermedades estudiadas y no, directamente, a años de vida perdidos. Es un matiz importante, porque no estamos hablando de cuánto se acorta la existencia en términos totales, sino de cuántos años se viven con alguna de esas condiciones encima.

Volví a pensar, mientras pasaba los datos, en lo que repite Daniel, un vecino de 52 años que conozco del club del barrio. Cada vez que le pregunto cómo está, me dice casi lo mismo: “Me falta gente con quien hablar de lo que me pasa, no gente con quien saludarme”. Daniel no está aislado en el sentido más estricto, pero vive con esa soledad que el estudio no logra neutralizar ni comiendo bien ni caminando tres veces por semana. La investigación, en el fondo, le termina dando la razón: hay pérdidas que los hábitos no alcanzan a tapar, y por eso la conversación sobre los vínculos y el bienestar merece un lugar propio, no como un accesorio de la salud, sino como una de sus piezas centrales.

EP

Te puede interesar