Brad Pitt se va al espacio a buscar a su viejo y vuelve con más preguntas que respuestas
Ad Astra, de James Gray, llega con la promesa de una aventura por el sistema solar y termina siendo un viaje hacia las cosas que un hijo nunca se animó a preguntarle al padre. Acá, la review con una de cal y una de arena.
A veces uno se sienta frente al sillón con pochoclo en mano esperando una superproducción interplanetaria y termina haciendo terapia familiar sin haberlo pedido. Eso, justamente, es lo que propone Ad Astra, la película de James Gray que usa el espacio como excusa para hablar de algo mucho más terrestre: la relación entre un hijo y un padre que admira demasiado como para dejarlo ir.
Brad Pitt encarna a Roy McBride, un astronauta modelo: pulso bajo, mente fría, cero dramas. Un tipo que frente a una explosión mantiene la frecuencia más estable que la señal de Wi Fi en un departamento céntrico. Esa contención obsesiva es, a la vez, su herramienta de trabajo y su gran defecto. Roy aprendió a no sentir, y la película lo desafía a romper ese cascarón.
De la Luna a Marte y de Marte al fondo del cosmos
La excusa argumental es una misión hacia los confines del sistema solar para encontrar a Clifford McBride, el padre desaparecido, que en su momento se embarcó en una expedición y nunca volvió. La odisea lo lleva a pisar la Luna (sí, con su tráficito y sus turistas espaciales), después Marte, y más allá, hasta esos lugares donde el silencio ya no asusta, abruma.
La fotografía de Hoyte van Hoytema es de las cosas que vale la pena destacar. Los paisajes espaciales no son un decorado bonito: están al servicio del aislamiento del protagonista. La escala del universo funciona como espejo de la escala de lo que Roy no puede resolver adentro suyo. Cada planeta que pisa es un paso más adentro de su propia cabeza.
(Acá va el comentario al margen: es llamativa la forma en que Gray mete persecuciones, sustos y secuencias de acción en una película que, en el fondo, va mucho más lento que la patience de un abuelo mendocino mirando el programa de Canal 7 del domingo.)
Lo que se encuentra Ad Astra cuando se cruza el sistema solar
- Un drama familiar disfrazado de ciencia ficción, con todas las letras.
- Una reflexión incómoda sobre la admiración filial y sus efectos secundarios.
- Un Brad Pitt contenido al extremo, casi como si le pidieran que actuara midiendo el pulso.
- Una ambientación espacial al nivel de las mejores del género.
- Un ritmo que pide paciencia, pero la cobra con escenas potentes.
La pregunta que la película deja picando es simple y molesta al mismo tiempo: cuando un hijo admira a un padre ausente, ¿lo quiere a él o a la versión que se construyó en la cabeza? Roy carga con eso durante dos horas y no lo resuelve con un discurso, sino con silencios, con la forma en que mira y con lo que tarda en soltar. Y ahí está el mérito de Pitt, que no necesita levantar la voz para transmitir un quilombo interno de los grandes.
La recomiendo sin vueltas, sobre todo si el espectador no espera explosiones cada cinco minutos y está dispuesto a que el espacio le devuelva alguna pregunta propia. Quien busque adrenalina pura se va a aburrir; quien esté abierto a un viaje con freno de mano y a preguntarse cosas, va a pasar un buen rato. Ad Astra no es la mejor película de ciencia ficción del año, pero sí es de las que dejan pensando más allá de los títulos finales. Y, en tiempos de blockbusters que olvidan a los cinco minutos, eso ya es bastante.
