Bienvenidos a Fackham Hall, donde la aristocracia se tropieza con su propia pompa
La comedia británica Fackham Hall, que llega a la cartelera local como Un muerto a la hora del té, convierte los modales de la nobleza en un campo de batalla matrimonial. Carla Sanhueza repasa una propuesta que se ríe de los dramas de época sin pedirles permiso.
A veces uno abre Netflix buscando algo que lo despeje del quilombo cotidiano y termina topándose con una película que toma el té con la mejor servidumbre de Inglaterra mientras alguien aparece muerto. La vida, evidently, supera al algoritmo. Fackham Hall, que en estas pampas se traduce como Un muerto a la hora del té, es exactamente eso: un culebrón aristocrático con la solemnidad de un funeral inglés y la timing cómico de un asado que se pasa de sal.
La trama arranca con una boda que se cae a último momento y arrastra a toda la familia Davenport en su caída libre. Poppy, la hermana mayor, está a punto de casarse con su propio primo Archibald, una decisión que parece más arreglo inmobiliario que cuento de hadas. Cuando el casamiento se frustra, las expectativas de mantener el apellido y la fortuna dentro del clan recaen sobre Rose, la hermana menor, que por supuesto está enamorada de alguien de un barrio bastante más bajo de la city londinense.
Amores cruzados, criados sospechosos y un muerto que no llega solo
Eric Noone es el elegido del corazón de Rose, y también el encargado de arruinarle la agenda a más de un aristócrata. Interpretado por Ben Radcliffe, este pibe llega a la mansión con una carta sin entregar y termina quedándose con un puesto en el servicio, lo cual, en el idioma no escrito de la nobleza británica, equivale a colarse en la fiesta sin invitación. El detalle: la carta nunca llega a destino, y eso no es casual, como se encarga de aclarar el guion con la sutileza de un golpe de martillo.
A los romances imposibles se suma la investigación del detective Watt, a quien Tom Goodman-Hill le pone el bigote y los tics de Hércules Poirot pasados por un filtro de ácido. El muerto del título, claro, no tarda en aparecer, y a partir de ahí la mansión se convierte en un gallinero donde cada mayordomo tiene algo que esconder y cada condesa mira para otro lado con una taza de porcelana en la mano.
- Thomasin McKenzie como Rose Davenport, la menor que amenaza con romper el plan familiar.
- Emma Laird como Poppy, la hermana mayor que arrastra un compromiso con su propio primo Archibald (Tom Felton).
- Ben Radcliffe como Eric, el carterista que termina contratado en la casa y enamorado de quien no debería.
- Tom Goodman-Hill como Watt, un detective que toma a Poirot como punto de partida y lo lleva al ridículo con gusto.
- Jim O'Hanlon en la dirección, conocido por su adaptación de Emma de 2009, y Jimmy Carr como uno de los guionistas, lo que explica el humor de tipo stand up que se cuela entre los pasillos de la mansión.
El elenco funciona como un relojito de comedia británica: McKenzie sostiene la mirada ingenua que el papel necesita, Felton se gasta a sí mismo con notable vocación de mártir aristocrático, y Carr deja su huella en chistes que suenan a monólogo de late night adaptado a una sala de estar con candelabros. (No es un chiste menor que un humorista reconocido participe del libreto: se nota en cada golpe de efecto, por más que a veces el ritmo se escore un poco más allá de los 97 minutos que dura la película.)
El campo y la sala: por qué esta comedia no se parece a Downton
La comparación con Downton Abbey aparece sola, casi sin que la busque el espectador. Las dos comparten la mansión como escenario, la servidumbre uniformada y los pasillos largos por donde circulan los secretos. La diferencia es de temperatura: donde Downton se ponía solemne hasta en la sobremesa, Fackham Hall toma esos mismos modales y los empuja hasta el ridículo, con escenas de comedia física que recuerdan más a una sitcom de pasillo que a un dramón de época.
Entre los blancos de la parodia están los casamientos entre parientes, la obsesión por mantener el patrimonio dentro del mismo círculo y esa idea muy británica de que la servidumbre existe para sonreír mientras le vacían la cafetera. La ambientación, eso sí, conserva el aspecto de los dramas históricos: la fotografía se luce con el verde del campo inglés, los vestuarios están al detalle y hasta la vajilla parece tener pedigree.
¿La recomiendo? Sí, pero con una aclaración honesta: si uno espera una sátira filosa al estilo de Las amistades peligrosas, va a salir decepcionado. El film apunta a la panza más que a la cabeza, y se banca o se cae según cuánto se le perdone al humor. Personalmente, pasé un buen rato, me reí con los chistes sobre los compromisos arreglados y até cabos con la investigación sin que el guion me tratara de tonto. Para una noche de streaming con la térmica baja y el mate de la mano, es una compañía más que digna. Eso sí: no esperen quietud aristocrática. Acá la servidumbre corre, los condes tropiezan y los muertos aparecen justo a la hora del té, como tiene que ser.
